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‘A un pueblo libre’, de Jean Dambrun a partir de Jean-Michel Moreau. Wikimedia Commons
Retrato de Benjamin Constant, de Hercule de Roche en 1820.
Wikimedia Commons
El teórico y político suizo-francés Benjamin Constant impartió en el Ateneo de París en 1819 la conferencia La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. ¿A qué venía hablar de los antiguos a un auditorio que estaba punto de leer las novelas de Balzac y que vivía nada menos que en París, la capital de la modernidad?
Constant defendía el proyecto de la Revolución francesa, o sea, la libertad y la igualdad universales. Pero para hacerlo con solvencia debía exponer las causas de los errores cometidos durante la Revolución: los asesinatos indiscriminados del periodo conocido como el Terror.
Una de esas causas fue el anhelo clasicista de resucitar la grandeza antigua y huir de la banalidad moderna. El dramaturgo George Büchner lo ridiculizó en su obra La muerte de Danton. Constant lo proscribe analizando las diferencias que separan los mundos antiguos del mundo moderno.
Las comunidades antiguas
Los antiguos carecían de libertad individual. El ciudadano formaba parte de una comunidad como las manos o los pies forman parte de un mismo cuerpo: sin sentido independiente, existiendo solo como miembros o partes de un organismo.
En la Grecia invocada por los revolucionarios, los individuos no eran sujetos de derechos y de libertades ni disponían de sus vidas libremente, sino que eran células subordinadas a un mismo “cuerpo social”.
Esto explica ciertas prácticas antiguas que son inimitables en la modernidad. La expulsión de un ciudadano por cierto período de tiempo en nombre de la salud pública (el “ostracismo”) no es reproducible entre nosotros porque atenta contra los derechos individuales. Tampoco la censura es imitable, pues vulnera la libertad de conciencia y de expresión, que son derechos civiles básicos.
La escala del mundo antiguo
Constant menciona dos razones que explican la especificidad de la antigua forma de vida: “los estrechos límites” de sus ciudades y su dedicación a la guerra. Ambas razones se comprenden a partir del concepto de comunidad y de la realidad que lo sigue: la diversidad de comunidades. Es decir, una comunidad llega hasta donde empiezan las fronteras de otra, de ahí que el enfrentamiento (la guerra) sea tan ineludible como perpetuo.
Por otro lado, en un mundo tan pequeño como una pólis griega, la capacidad del ciudadano de incidir en la vida común era una posibilidad real, lo cual no ocurre ya en el mundo moderno. ¿Qué pasa en el mundo moderno, donde ya no hay comunidades orgánicas sino individuos independientes entre sí?
Individualismo moderno
Ilustración de Un début dans la vie de Honoré de Balzac’s (1844).
Wikimedia Commons
En la modernidad, las fronteras son más aparentes que reales y la guerra resulta un anacronismo carente de sentido. Donde no hay fronteras, tampoco hay necesidad de guerra. Lo que quiere la gente es paz, pues solo en una situación de paz florece la actividad que constituye “la verdadera vida de las naciones modernas”: el comercio.
El comercio estaba sometido a frenos y trabas en la Antigüedad. Constant dice que el comercio “inspira el amor” por la independencia individual. Restringiendo el comercio, la Antigüedad frenaba la emancipación del individuo, o sea, defendía la comunidad frente al riesgo de hacerse pedazos. Comercio significa asimismo libre circulación de mercancías, lo cual es otra abolición de las fronteras u otra forma de globalización.
Masas y anonimato
En un mundo cuya escala sería inimaginable para un griego antiguo, no está claro que los individuos puedan participar en nada común, ni que puedan dejar su impronta en nada, como sí podía dejarla el ateniense antiguo.
Cuando se está “perdido en la multitud” y, para bien y para mal, la vida individual no importa demasiado, lo que se desea es disfrutar pacíficamente de la independencia privada. Por eso, si pierde su libertad el individuo lo pierde todo.
Y de hecho lo perdió todo durante el Terror. Olvidando que la libertad política no es más que la garantía de las libertades individuales, el Estado se comportó como esa comunidad orgánica que tenía sentido en la Antigüedad, desde luego, pero cuya reproducción entre nosotros sería totalitarismo (ese horrible mundo feliz que describió Aldous Huxley).
Banalidad y emoción de la vida moderna
En la novena de las Cartas escritas desde la montaña, Rousseau les decía a los ginebrinos que lo habían desterrado de su ciudad natal:
“Los pueblos antiguos no son ya un modelo para los modernos; les son extraños en todos los aspectos. Ustedes no son romanos ni espartanos, ni siquiera son atenienses. Ustedes son mercaderes, artesanos, burgueses, siempre atareados en sus intereses privados, su trabajo, su tráfico, su ganancia”.
Constant podría haber dicho lo mismo, pero con una diferencia. Él parece aceptar sin acritud ni añoranza la pérdida de esa energía y majestad que ya no tienen los modernos.
Ilustración de La comedia humana de 1896, de Balzac.
Wikimedia Commons
Es cierto que la vida moderna es una vida trivial, sin acontecimientos heroicos, sin el fragor y la emoción de los tiempos pasados. Pero esta vida solitaria, privada, egoísta y antiheroica tiene su propio suspense y su propia emoción.
Balzac estaba descubriéndolo en esos momentos. Abandonó el intento de escribir una tragedia y comenzó La Comedia Humana, conjunto de novelas que demuestran que no son las batallas ni las gestas lo interesante y lo dramático de la vida moderna. Son los contratos de matrimonio, las disputas legales por herencias, las turbias combinaciones de banqueros y políticos o las especulaciones de las que nace alguna gran ciudad. París, por ejemplo.
Aida Míguez Barciela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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