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Las redes han hecho lo que décadas de periodismo servil no se atrevieron: mostrar al mundo los crímenes del Estado israelí y romper el monopolio narrativo del sionismo.
EL IMPERIO DE LA MENTIRA
Durante más de un siglo, el sionismo construyó su poder no solo con armas, sino con relatos. Su herramienta fue la Hasbará, término hebreo que significa “explicación”, aunque su traducción práctica sería propaganda. Nació en 1912 de la mano de Nahum Sokolow, periodista y político sionista, con un objetivo claro: convencer a Europa y a Occidente de que la colonización de Palestina era un acto de redención y no de despojo.
A partir de ahí, el aparato comunicativo israelí se perfeccionó hasta convertirse en una maquinaria de relaciones públicas que infiltró gobiernos, universidades, medios y Hollywood. Desde los años cincuenta hasta bien entrados los ochenta, Israel fue presentado como un milagro democrático en medio de un desierto árabe de barbarie. Las imágenes de kibutz, los premios Nobel, los avances tecnológicos, los discursos de supervivencia: todo estaba calculado para blindar moralmente a un Estado que se levantó sobre ruinas y cadáveres palestinos.
Pero todo cambió en 1982. La invasión del Líbano y la masacre de Sabra y Shatila, retransmitida por televisión, rompió la máscara. Miles de civiles palestinos fueron asesinados bajo la protección del ejército israelí, y por primera vez el mundo vio la brutalidad sin el filtro de la Hasbará. La televisión hizo lo que la diplomacia callaba: mostró al agresor.
Aquel mismo año, el gobierno israelí creó su Oficina Nacional de Hasbará dentro del despacho del primer ministro. El objetivo era uno: blanquear los crímenes y fabricar coartadas. Se sumaron ministerios, agencias de turismo, el ejército y la diáspora judía organizada. Estados Unidos, principal patrocinador de Israel desde 1948, se convirtió en su terreno prioritario: controlar el relato en Washington era asegurar la impunidad en Gaza.
Ronald Reagan, pese a ser un aliado férreo, se vio obligado a condenar la masacre: “Estoy horrorizado por los asesinatos, que incluyen mujeres y niños”, dijo el 18 de septiembre de 1982. Fue un gesto mínimo, pero revelador: ni siquiera la superpotencia que lo amparaba pudo encubrir del todo el horror televisado.
LA ERA DIGITAL Y EL DESMORONAMIENTO DEL MITO
La Hasbará sobrevivió a los años noventa apoyada en el monopolio mediático y en la culpa europea por el Holocausto. Convertir la memoria del exterminio nazi en licencia para el exterminio palestino fue su jugada maestra. Cada crítica era tachada de antisemitismo, cada masacre reescrita como “autodefensa”.
Sin embargo, la era de internet destruyó el monopolio de la mentira. Con los teléfonos móviles, los satélites y las redes sociales, la imagen ya no la controla Tel Aviv, sino las víctimas. El bombardeo del hospital Al-Ahli, la muerte de la niña Hind Rajab, los asesinatos de periodistas, las ejecuciones sumarias, todo circula sin permiso por Telegram, TikTok o X.
Entre 2023 y 2025, Israel asesinó a 292 periodistas: 247 en Gaza, 10 en Líbano, 32 en Yemen y 3 en Irán. La intención no era ocultar los hechos, sino aniquilar a quien los contaba. Aun así, la información sobrevivió. Los satélites, los testigos remotos y los medios alternativos —desde Electronic Intifada hasta Middle East Eye— documentaron lo que la prensa occidental intentaba maquillar.
La operación “Diluvio de Al-Aqsa”, iniciada tras décadas de bloqueo y represión, marcó el punto de no retorno. Israel quiso venderla como una agresión sin provocación, pero la realidad emergió entre los escombros: era la reacción desesperada de un pueblo sitiado desde 1948. António Guterres lo dijo sin rodeos: “Los ataques no ocurrieron en el vacío.”
La respuesta israelí fue un genocidio televisado. Más de 68.000 palestinos asesinados, hospitales arrasados, campos de refugiados bombardeados, niñas enterradas con sus muñecas. Ni siquiera el relato de los “rehenes” sirvió para justificarlo: el propio ejército israelí admitió haber matado a varios cautivos durante sus ataques, amparado en la siniestra “directiva Hannibal”.
Y aun así, la Hasbará siguió gastando millones en anuncios, campañas, bots, y portavoces con sonrisa neutral. Pero ya nadie cree. Las redes sociales han hecho trizas décadas de propaganda institucional.
EL DESPERTAR GLOBAL
El colapso de la Hasbará no es solo tecnológico, sino moral. Hoy, cientos de miles de judíos antisionistas —como Jewish Voice for Peace o Neturei Karta— denuncian que “no es antisemitismo estar contra el sionismo”. Jóvenes de todo el mundo rechazan el relato de “choque de religiones” que intenta justificar la ocupación. Y los movimientos internacionales, desde la Asamblea Internacional de los Pueblos hasta las redes socialistas y sindicales, han unido las luchas contra el colonialismo, el capitalismo y el fascismo bajo una misma bandera: Palestina.
Israel ha perdido la guerra de la imagen porque ya no puede ocultar que su proyecto político es un régimen de apartheid sostenido por el terror.
Durante un siglo, la Hasbará construyó un muro de propaganda. Hoy, ese muro se ha derrumbado ante millones de cámaras, pantallas y conciencias despiertas.
Ya no hay relato que tape un genocidio.
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