
En el año 2019 el jurado del Premio Cervantes concedía a Joan Margarit (1938-2021) el mayor reconocimiento en lengua española por “su obra poética de honda trascendencia y lúcido lenguaje innovador”, y por saber representar “la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal de gran maestría”.
Olvidó decir el jurado que entre sus poemas circulaba un lenguaje aún más universal y al que destinó todo el amor transparente de su escritura: la música. Al conocer su partida, proponemos escuchar con Margarit las canciones y armonías que iluminaron sus versos.
Joan Margarit y la música de Jazz
Su primer libro, Cantos para la coral de un hombre solo (1963), ya presentaba a través de la paradoja el carácter reflexivo de sus composiciones. Para el poeta catalán la poesía, como la música, ayudaba a restaurar un orden perdido.
“El lector de poesía «tiene mas que ver […] con el intérprete que con los que se han de limitar a escuchar un concierto”.
(Edad Roja, 1989).
Como escritor siempre estuvo acompañado por los discos de su adolescencia y primera juventud:
“Los saxos de Lester Young, de Ben Webster, de Johny Hodges, de Coleman Hawkins, de Charlie Parker; las voces de Billie Holiday, de Yves Montand, de Edith Piaf, de Léo Ferré, de Jacques Brel, de Georges Brassens. Todos ellos están muertos”.
(Aguafuertes, 1995).
Su poema “Los discos y la muerte” ya unía los cabos de la juventud con el destino final del hombre:
Descubría otra música, más solo ya que nunca.
De pronto están sonando las canciones:
son las voces, que vuelven, de los viejos amigos,
de los amores de mi juventud.
El primer signo de algo irremediable.
Son canciones que escucha la muerte en algún sitio.
(Aguafuertes, 1995)

Sus composiciones, con frecuencia, parten de su propia experiencia musical cotidiana, a menudo fraguada en los clubes nocturnos de jazz, al que su hijo Carles se ha dedicado de forma profesional. Allí se se suceden las músicas de Cole Porter, las trompetas de Chet Baker y Miles Davis; o el piano de Bud Powell y George Gershwin: “Qué triste suena Gershwin sin poder abrazarte”, (Los motivos del lobo, 1993). Es de hecho el popular tema Summertime de este último el que da nombre a un poema de su libro Misteriosamente feliz (2008), donde nos describe así la vida:
Han pasado muchos años
y, mientras tanto, la vida
ha sido un largo concierto
que ha dejado partituras
y atriles como alambradas,
dispersos, abandonados,
en el lugar del combate.
Entre aquellos compañeros de combate se encuentran sin duda los saxos de John Coltrane y Charlie Parker. Al primero le pregunta:
He recordado tus moradas manos
sobre el saxo con una luz de sótanos.
¿De dónde sale esta música,
el vacío que sopló tu boca
y que habla con mi soledad?
(Edad Roja, 1989).
El segundo, un Charlie Parker heroinómano y genial, protagonizará su poema “Loverman”, escuchado, en una suerte de ensoñación nocturna, por el mismo Baudelaire:
“Por ello, Parker deja en este Loverman
que el saxo nos conduzca tras la sombra
de una mujer que baila con los ojos cerrados
y abrazada a nadie, en la oscuridad”
(Los motivos del lobo, 1993).
Con todos estos grandes músicos el poeta formará su particular quinteto de jazz:
con los húmeros llenos de pinchazos,
sigo siendo el mejor entre los saxos altos.
Se parece a la vida: otra vez
llevo a Art Blakey a la batería
–voz de pozo–, la música callada
y negra de Bud Powell, el maligno
sonido de Miles Davies, tú al bajo.
Formamos el quinteto
más brillante de entre los muertos
(Aguafuertes, 1995)
La música: un consuelo para la ausencia
La música es así para Margarit “un placer maldito” (Los motivos del lobo, 1993), también ligado a la pérdida. Las ausencias de sus poemas estarán colmadas de música y, cuando no sucede así, el silencio mismo adoptará la forma de un objeto musical, tal y como acontece en No te veré más:
“Es la piel violeta de una noche
que dejamos pendiente.
Y tu silencio suena como un saxo
de oro negro en el fondo de los días sin ti. […]
No queda más que, al piano, un negro ciego:
nuestro amor”.
Por esta razón la música será la protagonista de su libro más conmovedor, Joana (2002), escrito en los últimos meses de vida de su hija. En el poema inaugural, su amigo Pere Rovira hace de ella fuente de consuelo para la más dura de las pérdidas:
“Música del amor, que te escondías
en sitios negros, dulces, como rosas del jazz,
enciende el día azul, extiéndete debajo de los pinos
y haz que brillen las flores, los muros y la tierra […]
Música santa, hazle compañía,
tú que vienes del otro mundo al nuestro,
tú que ya sabes cómo es su silencio”
(Joana, 2008).
Margarit dirigirá su oído hacia los compositores clásicos para hallar ese consuelo necesario. Escucharemos así desde Beethoven, imagen sonora de la verdadera poesía que reside en su propia escucha interior –“Hay otra poesía, la habrá siempre, / igual que hay otra música: la de Beethoven sordo. / Cuando se pierde la señal”–, a músicos contemporáneos como Miczyslaw Weinberg, Ligeti o Gubaidúlina, pasando por Tchaikovsky o Shostakovich.
Pero de entre todos ellos destacará la figura de Bach a partir de dos grandes intérpretes sin parangón. El primero de ellos fue Glenn Gould –“para el cual / Bach debió saber que componía” (Estación de Francia, 1999)–, y para quien Margarit compuso el bellísimo poema “Glenn Gould: la despedida”:
Sus manos en el espejo
del Steinway continúan
tocando y él ya no está.
Canturrea todavía
como lechuza en la noche.
Bach ya nunca será igual.
Hoy, en una limousine
con cromados de olvido,
pasa entre los bosques nevados
el ataúd de su música.
Un Steinway en la niebla
hoy suena sin su pianista:
la muerte, en el crematorio,
de pie en el césped negruzco,
de frac y con ojos turbios,
escucha las “Suites inglesas”
(Estación de Francia, 1999)
Y siempre, junto a él y su dolor, el violonchelo de Lluís Claret, a quien dedicará el poema “Lluís Claret: Tres Suites (2-IV-92) (Los motivos del lobo, 1993) desde la admiración de la sombra de Pau Casals. Será la música del cellista andorrano quien pronuncie la última despedida a Joana en el poema «Mañana de domingo con música de Lluís Claret”:
Ha salido Lluís al escenario
con el violoncelo. Le oiremos pronto
tocar el «Aria pastoral» de Bach
para decirte adiós en Montjuïc.
Para saber a dónde vas,
seguiremos el rastro de la música
(Joana, 2002)
Joan Margarit, ¿dónde te encontraremos?
Hoy el poeta descansa junto a su amada hija –“Ser su padre ha significado estar siempre junto a lo más delicado y bondadoso que puede ofrecer la vida”–. Antes de partir nos dijo bien dónde deberíamos buscarlo, al confesarnos dónde iría en su poema “Última noticia”, de Cálculo de estructuras (2006). Hoy Joan Margarit habita esa otra música del cielo:
La puerta cuarteada, vieja y sucia,
que me dispongo a abrir no dará al Paraíso.
Me inclino por la música. La prefiero a la vida.
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Juan José Pastor Comín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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