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Los Mossos d’Esquadra (policía autonómica catalana) clausuraron a principios de este año una macrofiesta rave, una gran fiesta de música electrónica, en Llinars del Vallés (Barcelona). Se estaba celebrando en plena pandemia en una fábrica de ladrillos. Dentro había más de 400 jóvenes negacionistas que llevaban más de 40 horas bailando. Fue una de las noticias más impactantes de aquel 2 de enero.
El cofundador de Tesla, Elon Musk, propuso a principios de 2020 a sus seguidores de Twitter la celebración de una rave en el subterráneo de su futura fábrica en las afueras de Berlín.
En la ciudad inglesa de Sheffield, algunas iglesias se han fusionado con las raves para atraer a los jóvenes descreídos de entre 15 y 25 años de clase trabajadora, quienes no encuentran recursos en la religión para dar sentido a sus vidas. En cambio, en las raves encuentran una fuerza y una comunión espiritual inéditas .
Las raves no han pasado de moda desde que comenzaron a desarrollarse en los años 80. Estas fiestas son ceremonias antiinstitucionales (sin Iglesia) y antidoctrinales (sin creencias teológicas) que expresan inconformidad, al igual que hacían en los 60’s los hippies o los punks, una década después, para lograr un sentido de unidad, conexión y solidaridad afectiva y social.
Casi una religión
Los ravers (aficionados a las raves) ya son una comunidad global de “comulgantes”, una cuasi religión. Su objetivo es que la gente en el planeta esté en paz. No importa la edad, la etnia o la cultura. Cualquiera es bien llegado a una rave.
Una rave es una fiesta y, por tanto, no ocurre todos los días. La fiesta y las celebraciones religiosas son un momento puntual de “efervescencia colectiva”, un estado que se vive con intensidad, desmesura y agitación, y con fuertes sentimientos de solidaridad colectiva, como señala Durkheim.
Y tal vez por ello produce satisfacción, porque rompe con la vida cotidiana creando una “communitas”, un vínculo universal humano antiestructural que se compone de lazos igualitarios, como el de los peregrinos.

Estado expandido de conciencia
Las raves, a pesar de ser fiestas ilegales, se parecen a los conciertos del grupo de rock Grateful Dead en los 60 –estos sí, legales–, quienes inducían a la audiencia a un estado expandido de conciencia –opuesto al estado de vigilia– a través del sonido psicodélico, el ritmo, las luces y las sustancias psicoactivas, ofreciendo un escape momentáneo a las miserias de la vida cotidiana.
En las raves se reutilizan símbolos de todo tipo y se les da una segunda vida. Por ejemplo, imágenes del futuro, marcianos y alienígenas. Y también del pasado, con imágenes de tribus y pueblos antiguos, como los pueblos nativos norteamericanos.
Se brinda una invitación a una peregrinación virtual a un pasado de la humanidad, idealizado y en armonía, y no corrompido por la vida moderna: el paraíso de Adán y Eva o la edad de oro de los mitos griegos, cuando no había dolor ni sufrimiento.
Los ravers se sienten momentáneamente en comunión con un mundo unido, feliz y sano, un mundo imaginado como el de las peregrinaciones de los huicholes de México a Wirikuta, el lugar donde están los ancestros y la humanidad en sus orígenes.

Chamanes y disc jockeys
Los chamanes han existido desde la prehistoria y son mediadores entre el mundo de los humanos y el “otro” mundo –invisible– de las fuerzas y espíritus, a los cuales contactan para curar el sufrimiento humano.
Los ravers adoran a los disc jockeys (Dj) y recorren largas distancias para escuchar a su Dj favorito –distancias que pueden ir de un país a otro–. El Dj es un cuasi chamán, un tecnochamán que hace experimentar a los ravers ese mundo invisible.
Los rituales católicos tienen como juez de sus pecados a Dios. Los chamanes siberianos, por ejemplo, logran el equilibrio y la curación de un enfermo entrando en el mundo invisible del alma y restableciéndola al cuerpo. En su caso, el Dj usa la tecnología para oficiar la comunión espiritual con su audiencia y lograr la simetría y el equilibrio, de la misma manera que el chamán y el sacerdote se conectan con sus pacientes y feligreses.
Los profesores Takahashi y Olaveson, de la Universidad de Ottawa, muestran que algunos ravers experimentan una poderosa fuerza espiritual de unión por medio de la técnica de la posesión, en un estado de trance. Otros viven una curación espiritual que les sirve de terapia contra las ansiedades, como evidencia el título del libro Anoche un Dj me salvó la vida y el de aquella famosísima canción de Indeep.
El Dj no solo modula el ánimo, sino el estado psíquico, y estimula la trascendencia, la creatividad y la imaginación. El que acude a las raves lo hace al igual que el feligrés acude a la iglesia y obtiene un cambio en su vida. Ambos buscan lo mismo: espiritualidad, transformación y sanación.
Conectarse con otros es lo primero
En orden de importancia, lo primero que buscan los ravers es conectarse con otras personas, ahora de forma instantánea gracias a las redes sociales. Luego, el logro de un estado expandido de conciencia. Y, por último, la estimulación por la ingesta de “drogas” o psicoactivos que producen euforia y felicidad.
Los ravers más veteranos dicen que los psicoactivos se usan más cuando eres joven, al ingresar a una comunidad rave, pero con los años, y a medida que pasa el tiempo, estas sustancias se abandonan y se perciben como negativas y adictivas. Tampoco son imprescindibles para expandir el estado de la mente. La música techno puede inducir a cambios neuroendocrinos y fisiológicos a través del baile, el sonido y el ritmo: todos bailando, al mismo ritmo, toda la noche.
Una energía visceral
Los ravers se sienten poseídos por un flujo de energía de naturaleza visceral que sale del grupo y del cuerpo y que es indescriptible. Por eso se sienten empoderados por el universo rave. Se asemejan a aquellos grupos dominados y antihegemónicos que transitan en nichos de autonomía, como muestra su preferencia por la noche y por los lugares aislados –bosques, fábricas abandonadas–, asegurando la libertad de expresión y la seguridad (de ahí el secretismo con que funcionan) para encontrar su dignidad como personas (James C. Scott).
También hay una dimensión utópica en las raves: hacer del mundo un mejor lugar. El mantra de los ravers es paz, amor, unidad y respeto. En el fondo, expresan una celebración ritual de la vida con el ritmo y la danza. Visiones esperanzadoras en medio de la angustia moral que señalaba Daniel Bell de un mundo caótico que demanda sentido.
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David Lagunas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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