Somos una sociedad moderna –o eso creemos algunos– que sigue alimentando una discriminación silenciosa ante problemas que pensábamos que estaban superados. Se le atribuye a Albert Einstein la famosa frase: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.
Parece que continuamos subidos a la noria de la discriminación que, por tradiciones, por ideologías o por simple envenenamiento social, marcan las vidas de innumerables personas. Nos costó muchos años y esfuerzos pasar del vicio de beber a la consideración de que el bebedor patológico no es un vicioso, sino un enfermo. Ahora la pregunta es: ¿lo hemos conseguido?
¿Cómo nace el estigma social?
Está muy claro que no somos racistas, homófobos o xenófobos por naturaleza; es algo que adquirimos. Uno de los motores más potentes en la formación del estigma lo encontramos en aquellos sentimientos y emociones que nos provocan malestar cuando algo –cualquier cosa– se enfrenta a nuestras creencias.
Imaginemos, por ejemplo, que conozco a una persona que bebe mucho alcohol y, en mi opinión, es porque ha sido un vicioso y lo tiene merecido. Al hablarlo con un amigo, me doy cuenta de que no piensa igual que yo y me crea un conflicto. Para resolverlo me digo a mí mismo que ese amigo está influido por su pareja –que bebe mucho– y dejo de considerar su opinión como válida.
Un estigma es una construcción social. La propia sociedad intenta justificarlo apoyándose en emociones de odio y miedo, convenciéndose de que todo aquello que se sale de lo considerado normal es potencialmente peligroso y hay que defenderse. Estas emociones negativas llevan al rechazo social, ya sea de gente desconocida o de personas con relevancia social.
¿Qué caracteriza al estigma social?
Hay dos cuestiones que siempre aparecen tanto en el estigma como en el prejuicio y el estereotipo. Por una parte, las falsas creencias, como que la cafeína deshidrata, que no podemos comer antes de bañarnos porque se corta la digestión o que el alcohol hace entrar en calor. Por otra, las falsas generalizaciones, que refuerzan las falsas creencias y se apoyan en pruebas demasiado pequeñas o incluso absurdas, como que el alcohol ayuda a hacer una buena digestión o que facilita las relaciones con los demás.
Las características que intentan explicar el funcionamiento del estigma social son tres: las emociones, la racionalidad y el contagio.
Nuestras emociones se alteran si estamos cerca de una persona que abusa del alcohol. Entonces aparecen sensaciones de incomodidad que nos hacen evitarla, huir o mostrarnos agresivos.
Somos capaces de racionalizar comportamientos irracionales convenciéndonos a nosotros mismos de su veracidad y justificación.
El estigma social cuenta con un efecto de contagio que consigue clasificar al alcohólico con una etiqueta. El comportamiento final es consecuente con esa etiqueta.
Incoherencias del estigma por consumo de alcohol
Cualquier tipo de discriminación, estigma o estereotipo pueden caer en contradicciones e incoherencias. Una de las principales surge de la confrontación entre la creencia personal y el comportamiento final. De esta forma, podemos pensar que beber alcohol es muy negativo y, en cambio, mantener una conducta de consumo frecuente y, en ocasiones, abusiva. Desde este punto de vista, el estigma hacia el enfermo alcohólico se vuelve inconsistente y contradictorio.
Cuando se les pregunta a los jóvenes por qué beben alcohol, algunas de las respuestas más habituales son “para emborracharme” o “porque es divertido”. La creencia entre los adolescentes de que beber es cosa de adultos y que en todas las celebraciones y fiestas sociales hay alcohol sería otro de los argumentos más habituales.
Las incoherencias en torno al estigma del alcohólico se hacen manifiestas en gran cantidad de acontecimientos sociales. Algunos ejemplos: para dar ambiente y fomentar la convivencia, organizar un campeonato de borrachos o promocionar fiestas donde el alcohol es el único protagonista.
Fiesta del vino en Haro (La Rioja).
Shutterstock / lakisha beecham
¿En qué punto estamos?
Parece que, de alguna forma, la estigmatización del enfermo alcohólico se mantiene en el tiempo, incluso después de los tratamientos. Con estas tres variantes del estigma que señalamos a continuación, podemos comprobar que erradicarlo sigue siendo algo complicado. Sobre todo, en una sociedad como la española que, sin duda, vive en una cultura del alcohol.
El estigma social, el más general, rechaza al alcohólico por el mero hecho de serlo, manteniendo creencias asociadas al vicio o la falta de voluntad.
El estigma sanitario se concentra en los servicios públicos que tratan a los alcohólicos y que, en ocasiones, los intentan rechazar por la etiqueta que llevan en sus expedientes. Este rechazo se suaviza cuando esa etiqueta incluye la palabra “enfermo”.
Y, por último, el autoestigma, que consigue que los propios enfermos alcohólicos quieran pasar desapercibidos porque han interiorizado los prejuicios negativos de la sociedad.
Vivimos en una sociedad bastante incongruente en relación a algunos pensamientos y creencias. Nuestra cultura alcohólica acepta mayoritariamente el que se pueda beber alcohol e incluso abusar de él, pero no admite que una persona pueda enfermar por su consumo. Es una discriminación silenciosa, pero implacable.
Este artículo es una versión del publicado en la revista INFONOVA en 2020 por los mismos autores.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
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