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Shutterstock / Juan Pedro Pena
En las ciencias biológicas y biomédicas es recurrente el uso de la metáfora de la guerra. Se emplea sobre todo para referirse al mundo microscópico. Así se califica a las bacterias patógenas como “enemigas (invisibles)” a las que tenemos que “vencer” o “derrotar” por medio de “batallas”, “combates” e incluso “guerras”.
Si bien estas metáforas son tan recurrentes en nuestro lenguaje que no solemos cuestionarlas, ¿cabría preguntarse si utilizarlas repercute de algún modo en nuestras acciones? Es decir, ¿son las metáforas más que simples ejemplos?
La selección natural y el libro de la vida
En nuestra vida diaria, las metáforas abundan. Las solemos emplear para explicar un tema complejo. A menudo es más sencillo si establecemos relaciones entre conceptos abstractos y cosas que nos parecen familiares. Para ello, resaltamos las características que tienen en común.
Por ejemplo, al explicar su teoría de evolución, Charles Darwin empleó la metáfora de “selección natural”. Tomó un elemento conocido, la selección artificial de aves, para explicar ese fenómeno nuevo.
En la ciencia, algunas metáforas han facilitado el entendimiento de un fenómeno y han decantado la dirección de la investigación. Por ejemplo, referirse al genoma como “libro de la vida” fue central para el lanzamiento del Proyecto Genoma Humano.
Además, diversos estudios empíricos corroboran el poder de las metáforas. Pueden influir significativamente en cómo reaccionamos a un problema y en las soluciones que consideramos apropiadas.
“El cuerpo no es un campo de batalla”
La “guerra contra las bacterias patógenas” no es la única “guerra” que la humanidad ha sostenido en contra de microorganismos o enfermedades. El cáncer, el virus del zika y, más recientemente, el coronavirus son solo algunos de nuestros “adversarios”.
Sin embargo, diversos académicos han señalado las posibles consecuencias negativas que acarrea el uso de ciertas palabras o metáforas bélicas.
En su ensayo La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag hizo un llamado a repensar la analogía que se establece entre el cáncer y una batalla. Sontag afirma: “No se nos está invadiendo. El cuerpo no es un campo de batalla. Los enfermos no son las inevitables bajas ni el enemigo”.
Además, reflexionaba sobre la tensión emocional (culpabilidad o temor) que puede ocasionar esta metáfora en las personas con cáncer.
Adicionalmente, algunos estudios empíricos han mostrado que la metáfora bélica puede reducir la disposición a adoptar estrategias pasivas para la prevención de esa enfermedad, así como aumentar el fatalismo.
Palabras cargadas de nacionalismo y xenofobia
Por otro lado, su uso también puede enmascarar desigualdades sociales. A finales de 2015 se registró una epidemia de zika de dimensión global. Y en enero de 2016, Brasil “declaró la guerra” al zika. Un estudio examinó las representaciones de la epidemia en medios de comunicación y reveló que el marco dominante fue la “guerra”.
En este caso, el uso de la imagen bélica permitió desviar la atención de la desigualdad social vinculada al zika y la atención se volcó sobre la “guerra” que se mantenía contra el mosquito que lo transmitía.
Andrew Reynolds, autor de Understanding Metaphors in the Life Sciences y profesor de la Universidad de Cape Breton (Canadá), menciona que abordar los problemas de salud en términos de “guerra” puede ayudar a movilizar los esfuerzos de salud pública. Sin embargo, advierte que describir a las bacterias (y otros patógenos) como “enemigos” que “invaden” nuestra “tierra/cuerpo” puede evocar sentimientos de nacionalismo político y xenofobia.
Por ejemplo, durante su mandato y en el marco de la pandemia de covid-19, Donald Trump creó y reforzó la asociación entre los “enemigos invisibles” (el coronavirus) y los inmigrantes. Así, en abril de 2020 anunció la “suspensión de la migración” como consecuencia del “ataque del enemigo invisible”.
Muchos otros países cerraron sus fronteras, pero nótese la selección de palabras de Trump. Además, el expresidente había declarado previamente que los inmigrantes ilegales “infestaban” Estados Unidos.
Si se piensa en una nación como “un cuerpo”, entonces ésta es vulnerable a una “infección” o “contaminación” de agentes “foráneos”. Es decir, vulnerable a una “invasión”, que tiene una clara connotación de guerra.
En la asociación que realiza Trump, los inmigrantes se equiparan y se convierten en virus. Y viceversa, los virus en inmigrantes. En esta metáfora, por lo tanto, se deshumaniza a los inmigrantes y se personifica a los virus.
Las bacterias no tienen conciencia
Centrémonos en otro ejemplo: “la guerra” contra las bacterias patógenas multirresistentes, también llamadas superbacterias.
La asociación de las bacterias como “enemigas” se encuentra, al menos, desde el descubrimiento del agente etiológico de la tuberculosis en 1882 por Robert Koch, quien las consideró “los enemigos más pequeños pero más peligrosos de la humanidad”.
El descubrimiento de los antibióticos (“balas mágicas”) permitió que varias enfermedades que en el pasado eran mortales hoy tengan cura. Sin embargo, su uso excesivo aceleró un proceso natural de presión de selección que permite que algunas bacterias puedan sobrevivir y multiplicarse aún en presencia de uno o varios antibióticos.
En 2019 se registraron 1,27 millones de muertes por infecciones de bacterias multirresistentes. Y el futuro no es muy prometedor: existen algunos microorganismos para los que no existe tratamiento debido a que son resistentes a todos los antibióticos disponibles. Todo un desafío para la humanidad.
No obstante, usar el concepto de guerra como una forma de enfatizar el problema no está libre de consecuencias. Veamos. La resistencia a los antibióticos es un proceso evolutivo que no desaparecerá “acabando” con algunas bacterias. Asimismo, concebir a las bacterias desde la metáfora bélica les otorga una especie de conciencia, como si buscaran “evadir” nuestros mecanismos de defensa.
Es decir, personificamos y antropomorfizamos a estos organismos cuando solo se están adaptando a las presiones de selección.
Igualmente, las metáforas pueden evocar diferentes ideologías sociopolíticas. Por ello, Andrew Reynolds explica que los científicos deben pensar en cómo su lenguaje puede ser utilizado para reforzar agendas no científicas; por ejemplo, políticas de antimigración.
En un estudio se realizó un análisis discursivo de artículos científicos que describen y enmarcan el fenómeno de la resistencia a los antibióticos en relación a la movilidad global.
Los investigadores observaron que los países de destino fueron caracterizados como “reservorios” de bacterias multirresistentes, producto de una “pobre higiene” y un “uso inadecuado de antibióticos”.
En cambio, los viajeros –principalmente de Europa Occidental y Noroccidental, Norteamérica y Australia– fueron definidos como “víctimas inconscientes de las bacterias” y sus países, como “de alto ingreso” con “mejor higiene” y “consumo controlado de antibióticos”. En resumen, se divide el planeta en territorios saludables y no saludables.
Más allá de la guerra
Queda claro que un problema tan amplio y complejo como la resistencia a los antibióticos no se solucionará cambiando nuestras metáforas. Sin embargo, su elección puede influir en la forma en la que abordamos la cuestión.
Nuestra comunicación está llena de metáforas. Lo importante es tener en mente cuándo utilizarlas, sin dar por sentado su eficacia cuando tal suposición no está justificada. Además, debemos reflexionar sobre qué nos quieren decir con ellas.
Más allá de pensar en “enemigos”, necesitamos optar por una mejor gestión del uso de antibióticos en el futuro; enfatizar el bien común de la humanidad y la confianza en la ciencia y mantener estudios constantes de la evolución microbiana y sus interacciones.
Finalmente, somos holobiontes (una asociación de distintas especies), por lo que debemos entender nuestras interacciones en términos de “riqueza de diversidad” y “equilibrio” más que “confrontación”.
Citando de nuevo a Susan Sontag: “Y en cuanto a esa metáfora, la militar, yo diría, parafraseando a Lucrecio: ‘Devolvámosla a los que hacen la guerra’”.
Yersain Ely Keller de la Rosa does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
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