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«Mujer joven», 120-130 d.C., en la Colección de Antigüedades Clásicas del Kunsthistorisches Museum de Viena, Austria. Manfred Werner (Tsui) / Wikimedia Commons, CC BY-SA
Una persona, un voto. Ésta es probablemente una de las descripciones más sucintas de una democracia. De hecho, votar para elegir a unos representantes se ha convertido en uno de los rituales que nos hacen sentirnos parte de una comunidad política. Sin embargo ¿es ciudadano una persona que no vota?
La RAE define como ciudadana a toda persona que sea “considerada miembro activo de un Estado, titular de derecho político y sometida a sus leyes”. A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, la lucha política de hombres y mujeres sufragistas se centró en la consecución del derecho al voto, porque éste se consideraba la llave maestra que daría paso a la igualdad entre hombres y mujeres.
Esta lucha política ha llevado a plantear incorrectamente, incluso hoy en día, que un ciudadano es únicamente una persona que vota. Sin embargo, esto no es así, ni actualmente ni en otras épocas históricas, y el caso de las mujeres de la antigua Roma lo pone de manifiesto. Ser ciudadano o ciudadana va mucho más allá que votar en unas elecciones. Este dilema es crucial para entender la historia de las mujeres.
¿Ejercer de ciudadanas?
En la antigua Roma se definía la ciudadanía como un estatus legal; un ciudadano o ciudadana tenía unos derechos y deberes específicos, y se le aplicaban leyes diferentes a las de los no ciudadanos. Además, hacían falta un padre y una madre ciudadanos, casados en matrimonio válido, para que un hijo o hija heredase esa condición. Este requisito legal ya es una declaración de ciudadanía en toda regla.
De hecho, ser ciudadano romano era un privilegio que muchos súbditos de Roma deseaban pero que las personas libres no romanas sólo podían alcanzar tras una concesión de ciudadanía por el Senado, un general o, posteriormente, un emperador. Todo cambió en el 212, cuando Caracalla otorgó la ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio.
Vista parcial de una estatua de Vibia Sabina (h.86–136/7).
Lessi / Wikimedia Commons, CC BY
Roma comenzó como una pequeña ciudad en Italia, pero llegó a conquistar y gobernar todo el Mediterráneo y buena parte de Europa desde el siglo II a.e.c.
Todos estos dominios eran gobernados desde la metrópoli, donde anualmente los ciudadanos (hombres) votaban en elecciones a los magistrados que les gobernarían al año siguiente y, en asambleas, las leyes que serían promulgadas.
Visto así, parecería que las mujeres no podrían ser consideradas ciudadanas, ya que no podían votar en ninguna de esas ocasiones. Pero ésta es una idea errónea: las mujeres romanas eran ciudadanas y ejercían como tales porque, además de detentar esa categoría legal, expresaban su opinión sobre temas políticos, pagaban impuestos, eran incluidas en el censo, participaban en los rituales cívicos y tenían un papel relevante en la vida pública.
El dinero de todos (y todas)
¿Qué identifica más a un ciudadano que el deber de pagar impuestos, que se considera generalmente uno de los actos que crea comunidad política?
En Roma, el Estado romano recaudaba tanto lo que ahora denominamos impuestos directos, es decir, sobre la renta, como indirectos, a saber, el dinero que el Estado recauda por ciertas transacciones (en Roma, por ejemplo, el impuesto que había que pagar al liberar un esclavo o al recibir una herencia).
Las mujeres romanas pagaban impuestos, al igual que los hombres, porque eran propietarias. Desde el siglo II a.e.c. hasta el fin del Imperio, tras el fallecimiento de su padre, toda mujer romana (soltera o casada) pasaba a ser legalmente independiente, es decir, poseía de pleno derecho sus propiedades, teniendo libertad para gestionar todo tipo de operaciones de compraventa, préstamos, negocios, etc. Por ello debía declarar sus propiedades en el censo, un registro de todos los ciudadanos romanos que se efectuaba cada cinco años en el centro de Roma y que constituía uno de los rituales cívicos más relevantes.
Retrato de una mujer de Pompeya expuesto en el Museo de Nápoles.
Amphipolis / Wikimedia Commons, CC BY-SA
En ocasiones pensamos que la historia es lineal, es decir, que hay un progreso continuo desde tiempos remotos hasta nuestros días. Sin embargo, esto no es así: los derechos económicos y sociales que las mujeres romanas disfrutaban fueron desapareciendo progresivamente tras la caída del Imperio y no fueron recuperados hasta bien entrado el siglo XX y sólo tras intensas luchas políticas.
Mujeres en la vida pública
Es un hecho que las mujeres romanas no podían votar leyes o elegir magistrados, lo que no quiere decir que estuvieran ausentes de la esfera pública. La política en Roma y en las ciudades bajo dominio romano tenía lugar preferentemente en la calle, a la vista de todo el mundo.
Así, las mujeres podían acudir al foro o centro político de cada ciudad para escuchar a los oradores exponer sus argumentos en favor o en contra de medidas políticas. Como pasaba también en el caso de los hombres, las mujeres de la élite tenían una participación mucho mayor, ya que formaban parte, junto con los miembros masculinos de su familia, de redes de conversación y de intercambio de información y noticias.
El caso de la ciudad italiana de Pompeya, que fue sepultada por el Vesubio en el año 79 de nuestra era, es sorprendente: allí se han conservado 400 grafitis electorales en los que una o varias personas solicitan el voto para un candidato a las magistraturas locales. 54 de esos grafitis (es decir, el 15 %) estaban firmados por mujeres, solas o acompañadas, con exactamente el mismo tipo de mensaje electoral que el que encontramos en los grafitis firmados por hombres. Sabemos que varias de estas mujeres eran ricas propietarias, pero otras eran mujeres más humildes.
Inscripción en la casa de Julio Polibioa, en la vía de la Abundancia de Pompeya (año 79).
Amadalvarez / Wikimedia Commons, CC BY
Durante el Imperio, la activa participación política en las elecciones municipales probablemente proporcionó más visibilidad a estas mujeres. Se aprecia así de manera clara que la imposibilidad de votar no conllevaba una falta de implicación en cuestiones políticas. Las mujeres romanas ejercían como ciudadanas y, por lo tanto, lo eran.
Eso, evidentemente, no quiere decir que las mujeres pudieran tomar la palabra en la esfera pública o tener un poder efectivo. Sin embargo, esa ausencia de voz pública no tiene que hacer pensar que no formaban parte del cuerpo político. Considerar ciudadanas a las mujeres significa visibilizarlas como parte del cuerpo cívico, no sólo del siglo XX en adelante, sino a lo largo de toda la historia.
Cristina Rosillo López recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación.
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