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Joe Biden llega a la presidencia de Estados Unidos en un momento en que su país está más dividido que nunca tras la azarosa gestión de Donald Trump. Sin ser muy carismático, ni una estrella de la retórica como Bill Clinton o Barack Obama, Biden ha afirmado que le gustaría dejar como legado la unidad de los estadounidenses.
Pero la unidad no será el único reto del presidente 46 de Estados Unidos. Durante el mandato de Trump hubo un retraimiento de las obligaciones de este país con organismos internacionales y la atención se centró en los asuntos domésticos. A esta política se le conoció como “America First”. En síntesis, se ignoraron los intereses de los aliados y socios, tanto militares como comerciales, por lo que Joe Biden tendrá un camino cuesta arriba para revertir los desaires de Trump.
¿Cómo llegó a la presidencia?
Donald Trump aprovechó que la sociedad estadounidense llevaba décadas incrementando su polarización para lanzar su campaña política. Un estudio del Pew Research Center sostiene que dicha división se acentúa debido al bipartidismo del sistema político, el cual hace que las diferencias legítimas que existen en una amplia gama de debates parezcan más grandes de lo que realmente son. Quienes pueden sacar alguna ventaja electoral de ello convierten la situación en un juego de suma-cero, en vez de buscar puntos en común.
Así, Trump inició su campaña presidencial en 2015 insultando a veteranos del ejército estadounidense, mujeres, discapacitados e inmigrantes mexicanos, pertenecientes a la minoría más grande de ese país. Sus críticas a las guerras de Iraq y Afganistán le dieron credibilidad entre millones de personas que han vivido en carne propia los fracasos militares y comerciales de Estados Unidos. A pesar de que Trump nunca dio grandes detalles de cómo haría las cosas, la gente le creyó porque ellos mismos llenaron los vacíos de cómo haría para construir el muro con México, o repatriar empleos, con lo cual su lema “Hacer América grande otra vez” refleja descontento, nostalgia y esperanza a la vez.
Una vez en el gobierno, la estrategia fue seguir como si estuviera en campaña, no variar el tono del discurso y “empezar las cosas”, aunque no se concretaran en absoluto. De aquí surgió la cadena de mentiras presentadas como “hechos alternativos” por su asesora Kellyann Conway, que impusieron el tono del trato con la prensa y quienquiera que se atreviera a desafiar la realidad impuesta desde la Oficina Oval: desde la trama rusa de apoyo a Trump en la campaña de 2016, o sus proyectos políticos, de los cuales sólo se concretó una reforma fiscal, y algunas millas nuevas del prometidísimo muro en la frontera con México. Quienes se atrevieran a cuestionarlo eran despedidos y/o fustigados en Twitter.
Lo que al principio parecía no tener graves consecuencias, dado que el presidente siempre contó con el respaldo del partido republicano, terminó siendo un error gigantesco, como se pudo constatar el pasado 6 de enero. La toma del Capitolio es una prueba de que la “narrativa alternativa” de Trump creó una “realidad alternativa” para sus seguidores.
Así también Trump tergiversó las demandas del movimiento Black Lives Matter, que resonó con fuerza tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco. Las últimas palabras de Floyd “I can’t breathe” (no puedo respirar) resonaron en toda la población negra y latina de Estados Unidos y de varias partes del mundo. Trump, en vez de reconocer el abuso, llamó a la “ley y el orden”, acusando a los demócratas de querer atacar los suburbios y poner en peligro a la población blanca.
Aquí la línea divisoria entre demócratas y republicanos es clara: un estudio de Pew Research Center en enero de 2020 encontró que 8 de cada 10 demócratas blancos sostienen que la policía y el sistema penal son más injustos con los negros frente a 4 de cada 10 republicanos blancos.
El último hecho alternativo de Trump
La mentira más reciente y dañina del ex presidente Trump es que él había ganado las elecciones presidenciales de 2020 y que el “estado profundo” le negaba la victoria.
Agotados todos los caminos legales para revertir los resultados electorales, en la víspera de la certificación de Joe Biden y Kamala Harris como presidente y vicepresidenta electos, Donald Trump culminó su carrera de “hechos alternativos” incitando a una multitud de seguidores a irrumpir en el Capitolio y detener la ceremonia de certificación.
El saldo de dicha incursión fueron cinco personas fallecidas, entre ellos un policía del Capitolio. De acuerdo convarias fuentes, el presidente rehusó llamar a la Guardia Nacional para restablecer el orden y fustigó a su vicepresidente Mike Pence por cumplir con su labor de certificar los resultados, incluso cuando éste estaba siendo evacuado del edificio.

El mayor daño de la realidad alternativa creada y difundida por Trump se encuentra en el declive de la credibilidad de sus más de 70 millones de seguidores en las instituciones políticas. Según una encuesta de Vox y Data for Progress, incluso después del asalto al Capitolio, el 72% de los votantes republicanos siguen dudando de los resultados de las elecciones presidenciales. El 74% afirmó que las acusaciones de fraude electoral han contribuido a preocuparse por la fiabilidad de las elecciones. Peor aún, incluso entre los independientes, el 42% dijo que actualmente no confía en los resultados de las elecciones, según la misma encuesta.
El segundo impeachment
Dada la magnitud de la insurrección del 6 de enero, se lleva a cabo un segundo juicio para destituir a Donald Trump en la Cámara de Representantes. Sin saber el desenlace de este segundo impeachment, que fue aprobado en la Cámara de Representantes el 13 de enero pasado, podemos aventurar que el juicio en el Senado será muy diferente del primero.
Chuck Schumer, senador por Nueva York, dirigirá el Senado y no tendrá la actitud sesgada que tuvo Mitch McConnell. Trump no parece tener abogados que quieran defenderlo. Así que puede que sea un juicio rápido en el que algunos republicanos tendrán mayor libertad para votar contra Trump y puede que algunos de ellos lo hagan. Sin el expresidente se sentirán libres y buscarán maneras de retener a los 74 millones de votantes que consiguieron en la última elección presidencial.
Es probable, sin embargo, que no se alcancen los 2/3 de votos en el Senado necesarios para condenar a Trump. Esto, sin embargo, es más bien irrelevante, pues, de ganar la acusación, la pena sería destituirlo de su cargo, y para el momento de la decisión, Trump ya no está en esta función. Pero si es así, ¿por qué se intenta este camino?
La intención de los demócratas es dejar claro que actos como el ataque al Congreso no quedan impunes. Además, el juicio tiene el objetivo clave de inhabilitar a Trump de ocupar cualquier cargo político en el futuro e impedirle presentarse a las elecciones de 2024 como ha anunciado.
La herencia que reciben los republicanos
El actual juicio por destitución es relevante también para el futuro del partido republicano. De alguna manera tienen que responsabilizarse por haber permitido a Donald Trump llegar tan lejos. Los líderes republicanos siempre antepusieron el número de votantes que Trump les consiguió a los principios que dicen defender. Durante la campaña de 2016 no lo censuraron tras el ataque verbal a John McCain, gravemente enfermo de cáncer cerebral, ni del video donde alardeó de manosear a mujeres sin su consentimiento.
Mitch McConnell, Mike Pence, Ted Cruz y otros republicanos relevantes estuvieron fielmente del lado del presidente en todo momento hasta antes del asalto al Capitolio el 6 de enero. Por ello deben hacerse responsables de haber acogido y respaldado a Trump. No importa que lo hicieran por miedo a los tuits del presidente, o porque este consiguiera mover la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, o haber nombrado tres jueces en la Suprema Corte de Justicia y a más de 200 jueces en cortes federales; el hecho de no haberlo censurado antes les hace cómplices y tienen que desmarcarse y refundar el partido.
Perder la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado en los últimos dos años es suficiente razón para una honda reflexión de hacia dónde quieren ir en esta década.
La versión original de este artículo fue publicada por el Centro de Investigación Periodística (CIPER) de Chile.
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Gabriela De la Paz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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