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La aparición de la vida en la Tierra y su persistencia desde hace unos 3 500 millones de años (Ma) ha estado condicionada por numerosos factores coincidentes en nuestro orbe. Entre ellos destaca la ubicación del Sistema Solar en la zona de habitabilidad de nuestra galaxia, la distancia al Sol y, sobre todo, el tamaño de nuestro planeta. Este permite que aún exista calor interno que proporciona una atmósfera y un campo magnético que protegen la vida respecto a distintos tipos de radiación cósmica y solar.
Aun así, la historia geológica está salpicada de eventos catastróficos que han amenazado la supervivencia de los organismos provocando numerosas extinciones masivas. En ellas, gran parte de las especies han desaparecido simultáneamente.
Estas grandes extinciones se caracterizan por ser crisis biológicas que afectan a los productores primarios, lo que se extiende a toda la pirámide trófica. Las causas de las extinciones masivas han sido, en ocasiones, los cambios en parámetros orbitales de la Tierra que han supuesto modificaciones en la insolación y distribución del calor y de este modo en el clima, pero otras veces el detonante ha sido la erupción de alguna gran provincia volcánica o el impacto de un gran asteroide.
Las grandes extinciones y el hombre
En la historia de la vida, contenida en el registro fósil que estudiamos los paleontólogos, destacan cinco extinciones masivas, las denominadas “Big Five”, ocurridas hace 445, 370, 250, 200 y 66 Ma. La más importante no es la del final del Cretácico, muy popular porque extinguió a los dinosaurios y otros muchos organismos. La más importante ocurrió hace 250 Ma, a finales del Pérmico, cuando la vida casi desapareció totalmente, con la extinción del 90 % de las especies.
A cada uno de estos eventos de extinción le ha seguido una posterior radiación evolutiva que ha dado lugar a nuevas formas de vida a partir de los supervivientes que han colonizado los nichos ecológicos dejados por las formas extintas. Como ejemplo, tras la extinción del Pérmico aparecieron nuevos vertebrados: tortugas, cocodrilos, dinosaurios, pterosaurios (reptiles voladores), sauropterígios (reptiles marinos) e incluso los mamíferos proliferaron, aunque éstos últimos a la sombra de los dinosaurios.
En la actualidad, estamos ante un nuevo evento planetario que, en esta ocasión, no está relacionado con cambios en la órbita terrestre, impactos de asteroides o la actividad de inmensas regiones volcánicas. Por primera vez, lo produce una única especie, el Homo sapiens, que ha alcanzado una biomasa sin precedentes para una sola especie, más aún si tenemos en cuenta que ocupa el extremo de las cadenas tróficas.
El predador es siempre menos numeroso que sus presas, es decir, siempre va a haber menos leones que cebras e impalas, por ejemplo. Pero el ser humano consume a todos los niveles de la pirámide trófica y su expansión ha conllevado una progresiva antropización del entorno, cambios de los ecosistemas y fragmentación de hábitats.
Cambio climático y sobreexplotación de recursos
Además, el autoproclamado sapiens tiene una gran avidez por los recursos geológicos y energéticos, dejando una huella ecológica mucho más profunda que el cambio climático y las emisiones de CO₂.
En la historia de la Tierra y de la vida ha habido numerosos episodios con cambios climáticos bruscos e incluso largos periodos de tiempo, de millones de años, en los que la atmósfera ha tenido un mayor contenido en gases de efecto invernadero sin que se hayan producido extinciones masivas. Sin embargo, un calentamiento global tendría también enormes consecuencias económicas para nuestras sociedades.
Este fenómeno enmascara un problema aún mayor: el exceso de población. Somos unos 7 700 millones de habitantes que necesitan recursos naturales renovables y no renovables (geológicos).
Consumimos más de lo que necesitamos y sobrepasamos la capacidad natural del planeta para generar recursos. El exceso demográfico conlleva que cada vez haya menos recursos, cada vez cueste más energía obtenerlos y cada vez necesitemos más recursos para mantener el desarrollo tecnológico.
Una sociedad más verde, pero aún insostenible
Nuevos elementos químicos rigen la economía internacional y las nuevas tecnologías: berilio, bismuto, cerio, cobalto, europio, lantano, neodimio, niobio, tántalo, vanadio… Estos elementos resultan imprescindibles para la sociedad conectada y la transición energética (móviles, robots, aerogeneradores, paneles solares, baterías eléctricas…) debido a sus propiedades magnéticas, ópticas y catalíticas excepcionales.
Sin embargo, su extracción y procesado son altamente contaminantes y ocurre en países con normativas poco exigentes con la protección del medio ambiente y con la salud de sus trabajadores. Es necesario purificar 8,5 toneladas de roca para 1 kilo de vanadio, 16 t para 1 kg de cerio, 150 t para 1 kg de galio, o 250 t para 1 kg de lutecio. El agua cargada de ácidos y metales pesados resultante pasa a ríos y acuíferos.
Así, aún con estas energías limpias, esta sociedad conectada del futuro seguirá sin resultar sostenible. El impacto ambiental del exceso de población y de consumo conlleva, además:
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La sobreexplotación de acuíferos.
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La tala de bosques e incendios.
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La desaparición de caladeros de pesca.
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La erosión de suelos agrícolas.
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El uso excesivo de pesticidas, herbicidas y fertilizantes en la agricultura y de fármacos en la ganadería.
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Un exceso de residuos sólidos (metales y plásticos).
Por no mencionar que un exceso demográfico favorece el desarrollo de pandemias.
La sociedad en el primer mundo no suele escuchar más que los patrones del consumo, la moda y el egoísmo. Lamentablemente, es el modelo anhelado por los ciudadanos del tercer mundo.
Sobrepasamos la capacidad de nuestro planeta
La huella ecológica, término propuesto por Mathis Wackernagel, mide la superficie necesaria para producir los recursos consumidos por un ciudadano y los residuos que origina. Si se consumen más recursos de los disponibles, se genera un déficit ecológico y la superficie de la huella ecológica crece.
Teniendo en cuenta este parámetro, para 2050 necesitaremos dos planetas y medio. Pero no todos consumimos recursos de igual manera. En la actualidad, si todos los sapiens viviéramos como un ciudadano medio estadounidense necesitaríamos 4,5 Tierras, mientras que si viviéramos como un hindú necesitaríamos menos de 0,5 Tierras.
Somos 7 700 millones de personas compartiendo y, generalmente, expropiando los recursos naturales y el espacio al resto de habitantes del planeta en nuestro propio beneficio. Esto conlleva debilidad de los hábitats actuales frente a cambios climáticos por contaminación y sobreexplotación (somos demasiados consumiendo demasiado).
La vida en la Tierra ha sobrevivido a eventos catastróficos y la biodiversidad se ha recuperado posteriormente. Sin embargo, en la crisis que estamos generando, entre las especies a extinguirse estamos nosotros. Necesitamos concienciación, educación y, lo más difícil, un cambio de modelo productivo y de consumo. Recordemos que solo conocemos vida en la Tierra, no podemos escapar a otro planeta y no hay un lugar mejor en el Sistema Solar para existir.
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Matías Reolid Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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