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El 9 de marzo de 1842 se estrenaba en la Scala de Milán el primer éxito multitudinario de Giuseppe Verdi, a los 26 años: Nabucco. Pero la trastienda de este evento era mucho más relevante que el escaparate. Nabucco significó el rescate de un Verdi deprimido y resuelto a abandonar la composición para siempre y regresar a su puesto de músico, en la iglesia de Busseto, su lugar de origen.

En esta historia es fundamental un personaje: Bartolomeo Merelli, el empresario dueño de La Scala. Merelli insistió en que Verdi cumpliese su contrato con el teatro, escribiendo la tercera ópera a la que se había comprometido. Un encuentro casual, que relata Verdi, una fría noche milanesa, entre el empresario y un músico azotado por la desgracia familiar, la escasez económica y el estrepitoso fracaso de su segunda obra, Un giorno di regno, resulta definitivo.
Merelli había ofrecido el libreto, de Temistocle Solera, a Carl Otto Nicolai, al que no le gustó. Verdi también lo rechazó en primera instancia. Ahí podía haber quedado todo.
Las desgracias del joven Verdi
Entre 1837 y 1840, se produce un terremoto emocional que arrasa el ánimo del compositor. Se había casado con Margherita, hija de su mecenas, Antonio Barezzi, en 1836. Con la ayuda de Pietro Massini, director de la Orquesta Filarmónica de Milán, con el que colaboraba, había logrado introducir en la Scala su primera ópera, Rocester.
Esta primera ópera en La Scala se estrenó en noviembre de 1839 bajo el nombre de Oberto, Comte di San Bonifacio, con el retoque de Temistocle Solera al libreto inicial de Antonio Piazza, y le supondría a Verdi un contrato para dos óperas más.

Pero su vida sufre dos golpes descomunales. En agosto de 1838, muere su hija Virgina, con solo dos años; y en octubre de 1839, fallece su segundo hijo, Icilio, que apenas tenía 14 meses, un mes antes del estreno del Oberto.
Y aún no habían acabado las desgracias. En junio de 1840, mientras está componiendo su segunda ópera, Un giorno di regno, una comedia con libreto de Felice Romani, fallece su esposa Margherita de una encefalitis con solo 26 años. Verdi está devastado y el estreno de su segunda ópera, tres meses después, es un sonado fracaso, con solo una representación.
Resolución del contrato
Resuelto a abandonar la música, encargó al ingeniero Pasetti la resolución del contrato con la Scala. El mismo Verdi cuenta que “Merelli me hizo llamar y me trató de niño caprichoso”. A pesar de que Verdi insiste con abandonar, Merelli consigue que se lleve el libreto de Nabucco, solo para comentarle lo que le parece.
Para Merelli, el fracaso de la segunda ópera del músico no tuvo la menor importancia. En ese momento, el empresario ya llevaba un cuarto de siglo al mando del teatro, desde que escribió el libreto de Enrico de Borgogna para Donizetti, en 1818. Estaba curado de espanto. Ya conocía el parentesco íntimo entre éxito y el fracaso.
Cuando ya se marchaba de las oficinas del teatro, el empresario le dijo que ya había cerrado las puertas laterales y que saliese por el propio teatro. Trucos de viejo lobo de mar que sabe cómo tratar a los artistas. Verdi tuvo que pasar por entre las butacas de la platea para volver a la calle. Y ver el teatro, respirarlo, recordar su música allí.

Va pensiero…
En 1879, Verdi cuenta a Giulio Ricordi que, al llegar a su casa, tiró el libreto sobre la mesa y que se quedó abierto por el coro de los hebreos “va pensiero sull’ali dorate…” y que, en ese momento volvió a sentir el impulso creativo para componer.
Pero es sabida la afición del maestro a teatralizar sus recuerdos. El caso es que accedió, finalmente, y alumbró la primera obra que conoció el éxito antes de su estreno.
Los ensayos eran un acontecimiento en Milán. Los empleados de la Scala no se perdían un minuto. Gaetano Donizetti, que se tenía que marchar de la ciudad hacia Bérgamo, retrasó una semana su partida, y asistió a varios de los ensayos. Por cierto, Donizetti le recomendó a Verdi que sustituyera a la soprano que haría el complicado papel de Abigail, porque no daba el nivel necesario.
Un nuevo amor

La soprano que Donizetti recomendaba sustituir, no era otra que Giuseppina Strepponi, que años después, se convertiría en pareja de Verdi durante toda la vida. Estaba claramente en el ocaso de su trayectoria artística. Verdi la había conocido tres años antes, con motivo del estreno del Oberto, obra en la que ella estuvo a punto de participar, pero un inoportuno resfriado del tenor Napoleone Moriani (al que el vulgo atribuía la paternidad de los dos hijos ilegítimos de la Strepponi), provocó el aplazamiento de la puesta en escena, que ya no pudo contar con ellos. Pero, con ocasión del Nabucco, la Strepponi ya estaba en el corazón del maestro y su posible sustitución era impensable.
La expectación ante el estreno de Nabucco era colosal. El teatro estrenó un fabuloso efecto especial: el rayo divino que el cielo le manda a Nabucco. Por primera vez en su vida, Verdi navegaba con todo el viento a favor.
No es su mejor ópera, pero Nabucco llega hasta nuestros días sin perder ni un gramo de su energía y su magia… aunque el maestro nunca olvidó aquellos momentos. Muchos años después, con ocasión del estreno de Simón Bocanegra, tuvo un insólito abandono confidencial con el crítico Filippo Filippi, al que detestaba, cuando le confesó:
“Solo he continuado en esta maldita carrera porque a los 26 años era demasiado tarde para comenzar con otra cosa y porque no tenía físico para volver al campo”.
Menos mal que Nabucco, Merelli y la fortuna, se conjuraron para darle una vuelta de tuerca al destino.
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Pedro Pablo Gutiérrez González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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