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“La muerte menos temida da más vida”. Son palabras de Inés Suárez, la protagonista de la miniserie Inés del alma mía (TVE, Boomerang, Chilevisión, 2020), un biopic basado en la novela homónima de Isabel Allende, que cuenta la vida de esta exploradora extremeña que participó en la expedición a Chile junto a Pedro de Valdivia, en 1539.
Estas palabras, en el capítulo 3 de la serie, sirven a la protagonista para animar a Pedro. Pero en realidad se trata del lema histórico del escudo de armas de la casa de Pedro de Valdivia, ahora convertido en un guiño favorable a la verosimilitud de esta ficción.
Como en tantos otros ejemplos recientes, evocaciones como ésta –sin ser del todo perfectas– logran la actualización idiomática y cultural de una época concreta. De hecho, uno de los principales retos que presenta la adaptación de la Historia en las series de ficción es el lenguaje.
Como forma de expresión cultural, el léxico excede el plano del significado: ofrece matices y modos de ver el mundo asociados al momento histórico. Esas pequeñas diferencias, reminiscencias, sutilezas y connotaciones, usos y modismos exigen para su representación, sobre todo, de una interpretación profunda. Por eso no es una tarea fácil.
Las “gentes”, “los pueblos” no sólo usan el lenguaje, sino que transmiten con él el legado de sus ancestros, sus costumbres, sus tradiciones y la sabiduría del mundo. Lógicamente las palabras dicen lo que significan las cosas. Pero no sólo. También dicen lo que significaban para otros, para mí, esas mismas cosas o el valor que se les ha dado. Por poner un sencillo ejemplo: nombrar hoy al “rey” o la “reina” no es igual que haberlo hecho en el siglo XI. Y, al contrario, decir en el siglo XI “el presidente” podría carecer de toda trascendencia. Todo esto es indicativo de que las más de las veces se comunica y las menos, se informa.
La importancia del lenguaje
No cabe entender el lenguaje como una cosa que se usó sin más, un “escenario”, o una pieza más del conjunto monumental de la Historia. Ni es mera cadena de transmisión, ni es attrezzo, aderezo o decorado superfluo. Exige un cuidado peculiar.
De ahí que, desde el punto de vista del guión, la fidelidad al lenguaje de una etapa histórica concreta no se limite solo a la transcripción directa de los modismos que usaban nuestros antepasados o a hacer que los personajes hablen enrevesado.
Para captar los matices que arrastra el lenguaje cuando está vivo, resulta de gran ayuda el apoyo de los especialistas. Historiadores, filólogos y filósofos (los humanistas, en suma) pueden prestar un servicio muy enriquecedor a los equipos de producción durante el desarrollo de una serie histórica.

Un difícil equilibrio
En el caso de la producción española Isabel (TVE, 2012-2014), gracias al trabajo de documentación se logró crear una ficción histórica de calidad, compatibilizando el rigor con las exigencias del drama (Salvador, 2016).
En la recreación histórica, no es lo mismo reconstruir, inspirar o recrear que fantasear o recordar. Cada una de estas formas de presentar el pasado supone una hermenéutica distinta de los hechos. También implica una mitificación, que es, en el mejor de los casos, consolidar una verdad poética y, en el peor, maquetar una imagen, una creencia, una opinión, una idea verosímil o sencillamente una mentira.
Por ejemplo, Vikingos (Canal Historia, 2013-2020) plantea varios niveles de aproximación a la Historia. Es una serie inspirada en una saga heroica, por lo cual, su lenguaje bebe de la tradición oral, y, a la vez, intenta reconstruir el mundo real y fantasear con los argumentos. A resultas de todo esto, la idea que aporta Vikingos es una mitificación que probablemente cale más en la audiencia que una lectura rigurosa de fuentes históricas.
Anacronismos, barbaridades y otras malas hierbas
Una de las causas por las que una serie histórica se ve desprestigiada es el anacronismo. Historiadores y guionistas defienden sus posiciones, casi siempre encontradas. En el caso de El Cid (Amazon Prime, 2020), la polémica se ha visto acrecentada por la decepción de la audiencia ante la “promesa de realismo e historicismo”.
La serie prometía contar la historia del Cid “real” y, sin embargo, ha incurrido en errores que van desde la duda sobre su espada hasta las reivindicaciones feministas de Jimena Díaz: una cuestión de Historia, lenguaje y pensamiento.
Habitualmente, tras la detección de anacronismos se halla una ristra de desaciertos que pueden pesar más que los aciertos o esfuerzos por lograr una producción de calidad. Y atención, porque no cabe atribuir todas las decisiones de guión a la denominada “licencia dramática”, un recurso narrativo nada fácil de trabajar.
Actualizar el léxico, un arma de doble filo
Tampoco parece saludable optar por traducir los vocablos al lenguaje actual sin filtro. En realidad, los escritores han de esforzarse por saber qué significaban las cosas en su contexto y desde ahí, salir en la búsqueda de fórmulas originales que las actualicen sin traición al espíritu que las animó.
Encontramos ejemplos en los que los personajes de otras épocas se expresan como la audiencia a la que se dirigen. Series como Roma (BBC-HBO, 2005-2007) o Brittania (Sky, 2018-2019) han optado por adobar un lenguaje con guiños a la actualidad, ofreciendo una dudosa retrospección histórica. Por el contrario, Romulus (Sky Italia-Cattleya-ITV, 2020) está rodada en latín antiguo, persiguiendo una recreación realista del origen de Roma.
El lenguaje como materialización de una época
Hay que saber que, consciente o inconscientemente, el lenguaje facilita la expresión, aportando así el peso de los anhelos, los deseos, las intenciones, las pasiones, las virtudes y los vicios de las gentes, así como actúa como materialización activa de la mirada sobre el mundo. Cuando hablamos, decimos más de lo que queremos decir.
Si The Crown (Left Bank-Sony, 2016) ha resultado ser una exitosa manera de contarnos la biografía de la reina Isabel II de Inglaterra, ha sido en parte gracias a que sus personajes muestran la atmósfera de la época.
En ese sentido, puede resultar útil adaptar novelas históricas y biografías en las que el autor ya ha realizado el ejercicio previo de interpretar y dar sentido a los hechos o a un personaje, como en el caso de la secuela de The White Queen (Starz, 2013): The White Princess (Starz, 2017) o de The Spanish Princess (Starz, 2019).
En esos casos, los infortunios en la representación de la Historia proceden más de un desatino ideológico o sesgo en la “idea” sobre el personaje biografiado que en la misión de revivir el léxico. Por otro lado, se advierte que este tipo de adaptaciones está más centrado en sacar partido y provecho al potencial de figuras femeninas –con sus altas dosis de toque romántico– que en mostrar cómo se expresaban en épocas remotas. El lenguaje ahí simplemente no debe estorbar ni distraer sino acompañar adecuadamente.
Por todo ello, se confirma que adaptar no es imitar. La proliferación de series con escenario e inspiración históricos es una muestra más del interés que suscita conocer el pasado. Cosa muy distinta es el mimo y detalle con los que afloren las palabras en los labios de sus protagonistas.
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Ruth Gutiérrez Delgado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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