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Ejemplares de _Revista de Occidente_. La imagen pertenece a la exposición _Trazos de la Palabra. Viñetas de Revista de Occidente_, del Museo de Bellas Artes de Asturias. Museo de Bellas Artes de Asturias
El filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) fue, entre otras muchas cosas, un gran emprendedor cultural. Le venía de familia.
Su padre, José Ortega Munilla, fue el director del principal periódico de finales del siglo XIX, El Imparcial, propiedad de la familia de su mujer, Dolores Gasset, hija del fundador, Eduardo Gasset y Artime. Antes había estado encargado de la hoja literaria que aparecía los lunes: Los Lunes del Imparcial.
Metido desde su infancia en el mundo de la prensa, las revistas, las tertulias literarias, las academias, la universidad y la política, José Ortega y Gasset tuvo desde muy joven el convencimiento de que para transformar la realidad de su país, para modernizarlo o europeizarlo, como decían entonces, había que tener presencia en los medios de comunicación. Y para eso también había que fundar nuevos medios que promovieran ese impulso modernizador con nuevas ideas.
Lo intentó sin demasiado éxito con el periódico de la familia, y pronto colaboró en la creación de revistas de duración efímera como Faro (1908) y Europa (1910). Más años duró el semanario España, aunque Ortega estuvo al frente sólo durante el primero, 1915. Luego intentó una experiencia personal con El Espectador, que nunca llegó a convertirse en revista. Dio a la imprenta ocho volúmenes entre 1916 y 1934.
El Sol y Espasa Calpe
Ejemplar de El Sol del 4 de febrero de 1922 en el que Ortega y Gassett firma un artículo titulado ‘Patología Nacional’.
Hemeroteca Digital / BNE, CC BY
El proyecto de mayor envergadura, tras un intento de hacerse con el control de El Imparcial en 1917 junto al empresario Nicolás de Urgoiti, fue el diario El Sol, en el que colaboró desde su fundación a finales de ese año hasta marzo de 1931. Era un periódico moderno en su tipografía y maquetación y, sobre todo, en el enfoque de los temas con secciones especializadas y un proyecto intelectual independiente, sin vinculación partidaria, pero con un claro espíritu reformista y democratizador.
Con Urgoiti también estuvo Ortega en la constitución de Calpe en 1918 y en su fusión posterior con Espasa. Allí dirigió la Biblioteca de Ideas del siglo XX, además de asesorar a la editorial en la selección de autores y traducciones.
Desde estas plataformas mediáticas promovía la tan buscada modernización o europeización, pero sentía la necesidad de un medio más personal en el que, sin que su presencia como autor fuese constante, pudiese mostrar por dónde iba el mundo.
Había que analizar cuál era la sensibilidad del nuevo tiempo que se había acelerado de manera notable en las últimas décadas. Habían irrumpido nuevas tecnologías, vacunas y medicamentos. Las ciudades habían crecido y había surgido la sociedad de masas que removía las estructuras de la sociedad de clases e impulsaba la crisis del liberalismo. Existía también un empuje de la democracia y el socialismo, además de nuevas ideas filosóficas que ponían en cuestión las del siglo XIX.
La ‘Revista Occidental’
Ortega quería ver claro qué pasaba en el mundo. Así se lo dijo al ensayista Fernando Vela en uno de sus habituales paseos por Madrid. Idearon fundar una revista. En la tertulia de La Granja del Henar –en la madrileña calle Alcalá–, sobre una invitación del duque de Alba a un almuerzo, apuntaron nombres posibles de la nueva revista: Revista Occidental fue uno de ellos. Finalmente se llamó Revista de Occidente. Ortega sería el director y Vela, el secretario de Redacción.
El primer número apareció en julio de 1923 con las firmas de Pío Baroja, Adolf Schulten, Corpus Barga, Vela, Antonio Espina, Alfonso Reyes, Antonio Marichalar y Ortega, entre otros.
Primer número de Revista de Occidente.
Biblioteca Digital Memoria de Madrid, CC BY-NC
Los “Propósitos” que precedían a los artículos definían la línea editorial de lo que quería ser la nueva revista. Sus editores pretendían “ir presentando a sus lectores el panorama esencial de la vida europea y americana” con “un poco de claridad, otro poco de orden y suficiente jerarquía en la información” sin convertirse en “un repertorio meramente literario ni ceñudamente científico”.
Desde un “cosmopolitismo” que no renunciaba a las particularidades nacionales –“genios y destinos étnicos”, decía–, pretendían, y consiguieron, traer a sus páginas “la colaboración de todos los hombres de Occidente cuya palabra ejemplar signifique una pulsación interesante del alma contemporánea”.
La revista quería ser un “recinto tranquilo y correcto donde vengan a asomarse todos los espíritus resueltos a ver claro”. Querían conseguir lectores que buscasen la “gozosa contemplación de las ideas y del arte” y no se conformasen ni con “el relato inerte de los hechos, ni la interpretación superficial y apasionada que el periódico” ofrecía. Nacía la revista “de espaldas a toda política, ya que la política no aspira nunca a entender las cosas”.
Ilustres colaboraciones
Ortega se rodeó de buenos colaboradores que tenían la misma curiosidad vital. Manuel García Morente fue uno de los principales. Contrataron a la joven Dolores Castilla –Lolita de Occidente la llamaba Lorca– como secretaria. Junto a Vela, fueron las personas que estuvieron en el día a día de la editorial, que al año siguiente creció al empezar a editar también libros, entre ellos muchísimas traducciones de ejemplares extranjeros.
La tertulia que Ortega había mantenido en distintos lugares se trasladó a la sede de la revista, en el número 7 de la Gran Vía, entonces avenida de Pi i Margall, donde estaba también la Casa del Libro de Espasa-Calpe.
Tertulia de Revista de Occidente con José Ortega y Gasset y el asturiano Fernando Vela entre otros, 1927.
Archivo Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón (Madrid) / Museo de Bellas Artes de Asturias
La tertulia se convirtió en un lugar de referencia de la intelectualidad española y de todos los intelectuales foráneos que pasaban por Madrid. El hispanista Ernst R. Curtius, que consideraba a Ortega “uno de los doce pares de Europa”, escribió en Die neue Rundschau que su revista se había ganado rápidamente un puesto entre las más dinámicas e inteligentes de Europa.
Ortega cuidó mucho la estética de la publicación: los tipos de letra, las viñetas de las portadas –que se encargaron a autores como Rafael Barradas, Francisco Bores, Maruja Mallo, Salvador Ontañón, Benjamín Palencia, Almada Negreiros, Wladysław Jahl, Marjan Paszkievwicz, Sáenz de Tejada y Norah Borges–, la calidad de la impresión y de la encuadernación…
Que un catedrático de Metafísica prestase atención en su revista a las nuevas corrientes de pensamiento era normal. Pero, al recorrer los 157 números que se publicaron entre 1923 y 1936, lo que más impresiona es el conocimiento que sus editores tenían de las corrientes literarias, historiográficas, sociológicas, artísticas y científicas de su época.
Demos sólo unos cuantos nombres para mostrar la importancia de los colaboradores, una exquisita mezcla de autores consagrados y jóvenes promesas: Azorín, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Scheler, Russell, Freud, Einstein, Weyl, Heisenberg, Louis de Broglie, Le Corbusier, Marañón, Blas Cabrera, Alberti, García Lorca, Guillén, Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Cernuda, Aleixandre, Altolaguirre, Miguel Hernández, Valéry, Ocampo, Shaw, Zweig, Cocteau, Woolf, Faulkner, Mann, Kafka, Neruda, Conrad, Borges, Zubiri, Gaos, Zambrano, Ayala, Rosa Chacel…
Ejemplares de Revista de Occidente. La imagen pertenece a la exposición Trazos de la Palabra. Viñetas de Revista de Occidente, del Museo de Bellas Artes de Asturias.
Museo de Bellas Artes de Asturias
La primera etapa de la revista duró hasta el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936. Tras la guerra, el hijo pequeño de Ortega, José Ortega Spottorno, se puso al frente de la editorial. La dictadura de Franco no permitió que la revista se volviese a publicar hasta 1963.
Desde entonces ha pasado por distintas etapas que han intentado emular la de aquel histórico periodo en que José Ortega y Gasset estuvo al frente de la misma y la convirtió en una referencia internacional para entender por dónde iba el mundo.
Javier Zamora Bonilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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