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El padre de Elon Musk desata una guerra familiar mientras el magnate se hunde entre drogas, autoritarismo y delirios de grandeza
“La verdad es muy bien conocida, te arruinaré. No te equivoques. Y la gente sabrá quién eres realmente o en qué te has convertido”. Las palabras no son de un enemigo político, ni de un exempleado explotado, ni de alguna víctima de sus despidos masivos. Son de su propio padre. Errol Musk, ingeniero sudafricano y personaje profundamente misógino, racista y conspiranoico, ha lanzado una nueva ofensiva pública contra su hijo, el hombre más rico del planeta.
Errol nunca ha sido un desconocido para el escándalo. Ya había sido señalado por mantener una relación con su hijastra de crianza, con quien tuvo dos hijos, y por sus declaraciones públicas negando el apartheid o insultando a Barack Obama por, según él, “salir con una mujer transexual”. Ahora, su blanco es Elon. Y lo hace como siempre ha hecho todo: con manipulación, chantaje emocional y crueldad.
En el libro Elon Musk del periodista Walter Isaacson, publicado en 2023, se recogen varios episodios de esta relación podrida. Uno especialmente grotesco se remonta a 2022, cuando Errol le pidió a Elon que le pagara una pensión vitalicia. Ante la negativa, respondió: “A los 76 no puedo generar ingresos fácilmente. La alternativa para mí es morir de hambre, una humillación increíble o suicidarme”. Acto seguido remató con una amenaza: “Suicidarme no me preocupa, pero debería preocuparte a ti”.
Esta no es una disputa privada más entre padre e hijo. Es un recordatorio brutal del tipo de estructuras violentas y patriarcales que incuban a los grandes hombres del capitalismo salvaje. Pero no es excusa. Elon Musk no es víctima. Es heredero y reproductor de esa misma lógica, aplicada ahora al control de empresas, trabajadores y plataformas digitales.
ELON MUSK: DE VÍCTIMA A VERDUGO CON PODER ILIMITADO
Elon Musk ha convertido su historia en una franquicia de redención tecnológica. Pero esa narrativa se cae a pedazos cuando se contrasta con su gestión laboral, su deriva autoritaria y su desprecio por los derechos humanos. Ha despedido a miles de personas sin garantías laborales, ha perseguido a quienes le critican dentro y fuera de sus empresas y ha promovido discursos de odio desde sus propias plataformas.
En X (antes Twitter), ha permitido la vuelta de cuentas negacionistas, machistas y fascistas. Ha apoyado activamente a personajes como Tucker Carlson, Alex Jones o el propio Javier Milei. El pasado 20 de febrero de 2025, en la CPAC, el presidente argentino le entregó una motosierra como símbolo de los recortes y la destrucción del Estado, en una escena tan patética como preocupante, recogida por Associated Press.
Musk no es un genio incomprendido. Es un adicto al poder, a la ketamina y al caos, según informes internos de Tesla y SpaceX citados por The Wall Street Journal en una investigación sobre su consumo de drogas y su impacto en la gestión empresarial.
Isaacson, que tuvo acceso sin precedentes al entorno de Musk, describe un patrón claro: consumo descontrolado, decisiones impulsivas, humillaciones públicas a trabajadores, paranoias persecutorias y una adicción casi religiosa a la idea de que él es “el elegido” para salvar a la humanidad.
No hay redención posible cuando la megalomanía se convierte en política empresarial y las neurosis personales se transforman en doctrina corporativa.
El imperio de Musk no es solo el resultado de una infancia tóxica. Es la prueba de que el capitalismo premia al perfil más peligroso con poder real. Que su figura haya sido aplaudida durante años por medios, fondos de inversión y gobiernos es la verdadera tragedia.
No es su padre quien debe preocuparnos. Es lo que él ha decidido hacer con todo lo que heredó: odio, dinero y poder.
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