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Un portero cogió el micrófono, agitó el insulto y luego lo llamó “gracieta sin maldad”
El Sabadell tenía una celebración limpia entre manos. Una de esas tardes que pertenecen a una ciudad, a una afición, a quienes han estado ahí cuando no había focos, ni cámaras, ni titulares fáciles. El pasado viernes, el equipo catalán logró el ascenso a Segunda División tras derrotar al Zamora en el play-off con un contundente 4-0. Fútbol, barrio, orgullo local. Todo bastante sencillo de entender.
Pero siempre aparece alguien dispuesto a convertir una fiesta colectiva en una demostración de miseria política. Esta vez fue el portero Diego Fuoli, natural de Zaragoza, quien cogió el micrófono durante la celebración en el Ayuntamiento de Sabadell y decidió que aquel momento necesitaba un “triple” de taberna reaccionaria. No para hablar del equipo. No para agradecer a la afición. No para recordar el esfuerzo de sus compañeros. Para lanzar una consigna.
“Voy a soltar aquí una expresión y vosotros contestáis con lo que os salga: Pedro Sánchez…”, dijo. Y varios hinchas completaron obedientemente el insulto: “hijo de puta”. Así de fino. Así de trabajado. Así de heroico.
“Esto es lo que pasa cuando le das dinero a un tonto. Que enseguida le sale el facha”(Pepe Rubianes. “Rubianes Solamente”. Club Capitol. 2003. Intemporal) https://t.co/zFu1Sfq4vs
— Óscar Puente (@oscar_puente_) June 21, 2026
El problema no es que un futbolista tenga ideas políticas. El problema es usar una celebración pública, en un espacio institucional y ante una afición diversa, para estimular el insulto como si fuera una liturgia de grada. La derecha mediática lleva años normalizando esta escena: cualquier acto masivo, cualquier boda, cualquier fiesta, cualquier plaza, cualquier borrachera de euforia sirve para meter el mismo grito contra el presidente del Gobierno. La política reducida a berrido. El pensamiento convertido en muletilla. El fútbol usado como altavoz para el odio de barra.
Y luego llega la palabra mágica: “gracieta”. Fuoli publicó después un comunicado dirigido a “todo aquel que se pudiera sentir ofendido” y describió sus palabras como “una gracieta sin maldad”. Ahí está el manual completo de la España que tira la piedra y luego se disfraza de víctima. Primero se calienta a la masa. Después se dice que era una broma. Si alguien se queja, el problema ya no es el insulto, sino la supuesta piel fina de quienes no quieren tragar con el facherío recreativo.
CUANDO LA EUFORIA SIRVE DE COARTADA
El club reaccionó el domingo con un comunicado para rechazar lo sucedido. “La emoción y la euforia del momento no pueden hacernos perder de vista los principios de respeto y convivencia”, señaló el Sabadell. También recordó que es “un club deportivo, plural y abierto, parte de una ciudad diversa e integradora”, formado por aficionados, socios, trabajadores y colaboradores “de sensibilidades muy diversas” unidos por una misma pasión.
Bien. Era lo mínimo. Y conviene decirlo: el comunicado del club entiende mejor el fútbol que quien agarró el micrófono. Porque un club no es propiedad emocional del jugador que más grita ni de la grada que más insulta. Un club también son las niñas y niños que miran desde abajo, las familias que fueron a celebrar, las y los trabajadores municipales que sostienen el acto, las personas socias que votan distinto, las vecinas y vecinos que no tienen por qué tragarse un mitin camuflado entre cánticos.
Antes del episodio, el equipo había recorrido las calles de Sabadell en un autobús descubierto, desde el Estadio de la Nova Creu Alta hasta el Ayuntamiento. Allí fue recibido por la alcaldesa Marta Farrés y varios concejales en la sala de plenos del edificio municipal, donde gobierna el PSC. Es decir, Fuoli no estaba en una sobremesa privada ni en un chat de colegas. Estaba en una celebración institucional de una ciudad que acababa de vivir un ascenso deportivo.
Y eso importa. Mucho. Porque el espacio público no puede convertirse en el patio de recreo de quienes creen que la libertad consiste en insultar desde un balcón con micrófono.
La alcaldesa Farrés no se ha pronunciado públicamente sobre el episodio. Quien sí lo hizo fue Óscar Puente, que recurrió a una frase atribuida al cómico Pepe Rubianes: “Esto es lo que pasa cuando le das dinero a un tonto. Que enseguida le sale el facha”. La frase es áspera. Pero el momento también lo fue. Hay cosas que se retratan solas.
La información fue publicada por elDiario.es el 21 de junio, a las 16:46 h, y actualizada ese mismo día a las 20:37 h. El dato no es menor, porque la secuencia completa deja poco espacio para la confusión: ascenso el viernes, celebración en el Ayuntamiento, micrófono, llamada al insulto, comunicado del club el domingo, disculpa del jugador y una celebración empañada por una escena que no necesitaba nadie.
EL FÚTBOL NO ES EL BASURERO DE LA POLÍTICA REACCIONARIA
Hay una trampa muy vieja en todo esto. Cuando el insulto va contra Pedro Sánchez, se presenta como espontaneidad popular. Cuando la crítica va contra los poderosos de verdad, aparecen las llamadas al orden, la moderación y el respeto institucional. Curioso país. Se puede corear “hijo de puta” contra un presidente en una fiesta deportiva y todavía habrá quien lo venda como folclore. Pero que una afición denuncie el racismo, la especulación o la corrupción, y de pronto salen los guardianes de la neutralidad a pedir que no se mezcle fútbol y política.
Mentira. El fútbol siempre ha estado atravesado por la política. Por la clase, por el barrio, por el dinero, por la televisión, por las casas de apuestas, por las directivas, por los fondos, por los cuerpos policiales, por las instituciones que se hacen fotos cuando toca ganar y desaparecen cuando toca pagar. La cuestión no es si hay política o no. La cuestión es qué política se cuela. Y aquí se coló la más pobre: la del insulto fácil, la del coro obediente, la de la gracieta cobarde.
Lo grave no es solo lo que dijo Fuoli. Lo grave es la naturalidad con la que una parte del ambiente lo entendió, lo completó y lo celebró. Como si ese grito fuera ya una contraseña. Como si la inteligencia colectiva se pudiera aparcar durante unos segundos para repetir el eslogan más gastado del repertorio ultra.
El Sabadell subió a Segunda División con un 4-0. Eso debería haber sido la noticia. Sus futbolistas, su cuerpo técnico, su afición y su ciudad merecían una celebración sin ese barro. Pero alguien decidió que el ascenso necesitaba una postal más: un micrófono público, una frase calculada y una multitud empujada al insulto.
Luego vendrán las disculpas medidas, los matices, los “no era mi intención”, los “se malinterpretó”, los “quien me conoce sabe”. Ya conocemos la música. Primero se abre la puerta al veneno, luego se pide perdón por la corriente de aire.
El fútbol popular no necesita porteros haciendo de animadores del odio. Necesita menos señoritos con micrófono y más respeto por la gente que fue a celebrar un ascenso, no a participar en un mitin de cloaca.
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