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En las últimas semanas la campaña de vacunación se ha visto sacudida por las noticias de efectos adversos relacionados con la vacuna de Oxford/AstraZeneca.
Hasta el 4 de abril se habían detectado en la Unión Europea y Reino Unido 169 casos de trombosis de senos venosos cerebrales y 53 de trombosis de venas esplácnicas. Hasta esa fecha, 34 millones de personas habían recibido esta vacuna.
El 15 de marzo, el Ministerio de Sanidad decidió suspender la vacunación con AstraZeneca, pero el 18 de marzo la Agencia Europea de Medicamentos emitió un comunicado en el que establecía que el balance beneficio-riesgo seguía siendo positivo. Tras ese informe, la vacunación se reanudó.
En este escenario, las autoridades sanitarias, expertos y medios de comunicación se han lanzado a una campaña para mejorar la confianza pública en la vacuna de AstraZeneca. Los mensajes se centran en recordarnos la pequeña probabilidad que existe de tener un trombo o de morir como consecuencia de él. Esta estrategia asume que tenemos una medida objetiva del riesgo y que este es percibido por todos los sujetos por igual. En otras palabras, combina las consecuencias de las decisiones de riesgo con la probabilidad de su ocurrencia.
Los estudios empíricos muestran que los sujetos no se comportan así.
Las personas no se comportan igual ante la expectativa de pérdidas que de ganancias. Para ilustrar esto último consideremos un juego en el que se lanza una moneda al aire: si sale cara usted pierde 50 euros; si sale cruz, gana 75. Este es un juego positivo, dado que las ganancias son superiores a las pérdidas, y la probabilidad es la misma, pero la teoría de las perspectivas nos dice que la valoración subjetiva de una pérdida es superior a la de una ganancia.
Un paradigma alternativo es la teoría psicométrica del riesgo. Esta afirma que las personas sobreestiman los riesgos asociados con sucesos infrecuentes, catastróficos e involuntarios; y subestiman los riesgos asociados a eventos frecuentes, familiares y voluntarios.
En concreto, la teoría contempla nueve factores que influyen en la valoración de las personas hacia el riesgo:
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Voluntariedad.
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Control.
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Novedad.
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Conocimiento por parte de la ciencia.
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Conocimiento por parte de los sujetos de que se está expuesto a un riesgo.
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Si el riesgo tiene una consecuencia catastrófica o no.
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Si el riesgo es común o no.
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La severidad de las consecuencias.
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La inmediatez del efecto.
En los mensajes que se lanzan desde los medios de comunicación, expertos y autoridades sanitarias recurren a riesgos bien conocidos para que la ciudadanía pueda valorar la magnitud del riesgo que corre con la vacunación.
Así, se habla del riesgo de sufrir trombos asociados a las pastillas anticonceptivas (500-1 200 por millón), o de padecer trombos por efecto de fumar (1 763 por millón) frente a la probabilidad derivada de la vacuna AstraZeneca (0,5 por millón) o de tener un trombo como consecuencia de contraer la covid-19 (165 000 por millón).
Estas comparaciones suponen que el riesgo asociado a los distintos eventos es comparable, pero si hacemos caso a la teoría psicométrica vemos que la percepción del riesgo no funciona así.
El riesgo asociado al tabaco es voluntario y a largo plazo, por lo que será subestimado por los sujetos. El riesgo asociado a la vacuna es involuntario e inmediato, por tanto, será sobreestimado. Lo mismo sucede con la pastilla anticonceptiva.
Otro de los factores que influyen en la percepción del riesgo es la medida en que este es conocido por la ciencia, donde se sobredimensionan aquellos riesgos desconocidos y se subestiman los conocidos. También influye la novedad del riesgo o el conocimiento de la exposición al mismo.
La relación entre los trombos y la vacuna de AstraZeneca cumple todos los requisitos para que su riesgo sea sobreestimado: es nueva, desconocida por la ciencia, involuntaria y con un posible resultado catastrófico.
Se necesitan voces más plurales
A lo largo de esta pandemia se ha echado de menos una mayor pluralidad en las voces de los expertos que emiten consejos a las autoridades y a la ciudadanía. Por supuesto que necesitamos epidemiólogos, especialistas en salud pública, virólogos, médicos y economistas. Pero también necesitamos psicólogos que prevean cuál va a ser la reacción del público ante determinadas medidas o mensajes, o sociólogos que adelanten los comportamientos de los grupos. Sobre todo, necesitamos expertos que dialoguen entre sí.
Por otro lado, consideramos que podría ser interesante replantear la estrategia que se sigue en relación con la comunicación del riesgo en los medios de comunicación. Por supuesto, no hay que ocultar información a la ciudadanía, ni tampoco edulcorarla, pero sí medir hasta qué punto, cuando se informa por primera vez, se tienen en cuenta los sesgos interpretativos.
Por lo general, los científicos no son muy conscientes de cómo se va a leer la información. Ellos han sido entrenados para percibir el riesgo real, por lo que les puede suponer un esfuerzo intentar ponerse en la cabeza de aquellos que no están acostumbrados a manejar medidas estadísticas y compararlas con otras.
Cada vez se hace más necesaria la figura del comunicador científico, un experto que ayude en la relación entre la comunidad de científicos y la ciudadanía. Podríamos pensar que ese papel ya lo lleva a cabo la prensa, pero vemos que esto no es así, y que en su lugar está contribuyendo a la creación de una sensación de vulnerabilidad entre algunas personas.
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The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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