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De izquierda a derecha, Carmen Serra (hermana de Manuela Serra), José María Villaverde, Santiago Ramón y Cajal, Fernando de Castro y Enriqueta Lewy. Fotografía publicada en’Cajal y la Escuela Neurológica Española’, de Fernando de Castro. Editorial Complutense. Archivo científico Fernando de Castro, Madrid.
Desde que se declarase la apertura del Año Cajal en 2022, universidades, centros de investigación, institutos y centros cívicos españoles se han llenado de actividades y talleres neurocientíficos en torno a la figura del brillante premio Nobel y sus discípulos.
Sobre Santiago Ramón y Cajal se ha escrito mucho, y quienes están familiarizados con su figura han oído hablar, en menor o mayor medida, de Pío del Río Hortega o de Nicolás Achúcarro. Pero posiblemente no ocurra lo mismo si salen a colación los nombres de Manuela Serra o Laura Forster.
Retrocedamos a principios del siglo XX. Ramón y Cajal se encuentra en su mejor época investigadora, pese a contar con medios bastante precarios. La presión de la opinión pública española consigue que el Gobierno de Francisco Silvela financie en 1900 el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, germen del actual Instituto Cajal, en Madrid.
Se constituye como un departamento del Instituto Alfonso XIII, pero después pasa a ser un centro independiente del que Cajal, galardonado con el Nobel de Fisiología y Medicina en 1906, tendría absoluto control directivo y financiero.
Laura Forster, una australiana en Madrid
Las investigaciones del laboratorio y la brillante trayectoria de Cajal eran conocidas ya en toda Europa y llegaron a oídos de científicos de la Universidad de Oxford. Entre ellos se encontraba la discípula más notable y conocida del científico navarro: Laura Forster.
Retrato de Laura Forster a la edad de 21 años.
Wikipedia
Nacida en Sidney (Australia), Forster estudió Medicina en la Universidad de Berna (Suiza) y se trasladó a Inglaterra para iniciar su carrera investigadora. En 1911 recaló en Madrid para trabajar en el laboratorio de Cajal. Allí estudió la degeneración y regeneración de la médula espinal en aves, y llegó a publicar un artículo con ilustraciones propias claramente influidas por el estilo del profesor.
Lamentablemente, su carrera investigadora se vio truncada por la primera Guerra de los Balcanes (1912-1913), a la que acudió para servir como enfermera dentro de la armada británica (como mujer no podía ejercer la medicina). Después, comenzó un periplo como sanitaria durante la Primera Guerra Mundial, hasta dirigir un hospital en la ciudad ucraniana de Zalischyky, donde falleció en 1917.
Manuela Serra, brillante investigadora y dibujante
Tenemos que esperar hasta 1919 para encontrar a la siguiente mujer del laboratorio, la madrileña Manuela Serra Sabater. De una inteligencia y una ejecutoria extraordinarias, fue la única discípula reconocida por Cajal sin estudios universitarios.
Pese a ello, Serra publicó en 1921 un artículo en solitario sobre las células gliales (aquellas que dan soporte a las neuronas) en la médula espinal de las ranas. Siguiendo la tradición de sus superiores, contiene detallados dibujos de muy buena calidad, aunque algo alejados del estilo Cajal. Continuó trabajando en el laboratorio hasta 1927, cuando contrajo matrimonio.
Forster y Manuela Serra son las dos únicas mujeres que aparecen en la lista de colaboradores (un total de veintisiete) que confeccionó Cajal a petición de la Real Academia de Ciencias en 1922.
Otras pioneras
Sin embargo, hoy en día sabemos que hubo algunas más. Una de ellas llevaba un apellido que en este punto del artículo ya nos es familiar: Carmen Serra. Existen muy pocos datos sobre su etapa con el equipo de Cajal, pero trabajó como técnica ayudante a la investigación en tiempos de su hermana Manuela.
En 1928, María Soledad Ruiz-Capillas entró a formar parte del laboratorio bajo la dirección del doctor Gonzalo R. Lafora. Fue la primera mujer con título universitario (Medicina por la Universidad Central de Madrid) en formar parte de la escuela neurológica.
De izquierda a derecha: Julián Sanz-Ibáñez, Gonzalo Rodríguez Lafora y Soledad Ruiz-Capillas.
Podemos considerar a Ruiz-Capillas como la más polifacética de todas las discípulas del Nobel. Tras acabar la universidad, dirigió tres balnearios (en la época, vistos como centros curativos más que como lugares de ocio y relajación) y durante su etapa con Lafora cursó estudios de Odontología.
Su investigación también se caracterizó por ser ecléctica: en tan solo dos años estudió los centros de control térmico en gatos y los problemas del sueño derivados de lesiones cerebrales o de inyecciones de ciertos compuestos como los opioides. No consta que publicase ningún artículo y su supervisor tampoco la incluyó como autora en los suyos.
Tras estas pioneras encontramos a María Luisa Herreros. Considerada también discípula, no llegó a trabajar con Cajal, pues comenzó a investigar en el Instituto que lleva su nombre en 1943.
Y, además, merece una mención el difuso grupo de ilustradoras sin cuyo trabajo la producción de dibujos del laboratorio e instituto Cajal no hubiese alcanzado un nivel tan alto. Se han encontrado 84 obras firmadas por Conchita del Valle, unas 70 por una tal Mª G. Amador (aún se investiga quién está detrás de esas iniciales) y otras 141 por “E.RNA”, aunque no es seguro que se trate de una mujer.
Enriqueta Lewy: con ella llegó la polémica
Finalmente, no podemos dejar de nombrar a Enriqueta “Ketty” Lewy, tal vez la más controvertida de las mujeres que aparecen en este artículo. Entró al laboratorio en 1926 como traductora de alemán. Completamente bilingüe, resultó de enorme utilidad, pues la neurociencia puntera de la época se hacía en Alemania; las traducciones de Lewy le permitían estar al tanto de los avances y colaborar con sus homólogos germanos.
Publicó varias obras sobre Cajal, pero los círculos cercanos al científico aseguraban que están llenas de imprecisiones y cambios intencionados para ensalzar su propio trabajo. Además, olvidó o relegó a un segundo plano a las colaboradoras nombradas anteriormente.
Laura Forster, Manuela Serra y sus sucesoras no destacaron quizá por el volumen de artículos publicados o sus resultados científicos, pero las dificultades intrínsecas de la investigación no fueron sus mayores enemigas. Tuvieron que abrirse camino, sin ningún precedente, en un gremio dominado por hombres, donde ni siquiera se les permitía cursar estudios universitarios libremente.
Su participación en el laboratorio de Ramón y Cajal es además una muestra de la consideración del premio Nobel por la incorporación de talento en sus estudios, fuese del género que fuese.
Cristina Miguelez recibe fondos de la UPV/EHU, Gobierno Vasco y Ministerio de Ciencia e Innovacion (PID2 021-126434OB-I00)
Celtia Domínguez Fernández, Jone Razquin y Laura De las Heras García no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
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