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En 2020 solo uno de cada 50 coches nuevos en todo el mundo era completamente eléctrico, y en Reino Unido esta proporción era de uno de cada 14. Puede sonar sorprendente, pero, aunque a partir de este mismo momento todos los coches nuevos que se produjeran fuesen eléctricos, se tardaría entre 15 y 20 años en renovar toda la flota actual de vehículos que funciona con combustibles fósiles.
La reducción de emisiones que supondría el reemplazo de todos estos vehículos de motores de combustión por alternativas con cero emisiones de carbono no se producirá lo suficientemente rápido como para que tenga una influencia decisiva en el tiempo del que disponemos, es decir, los próximos cinco años. Para afrontar los retos climáticos y de la contaminación del aire es necesario limitar el uso de todo el transporte motorizado lo antes posible (y, en especial, el de los coches privados). Así, centrarse únicamente en los vehículos eléctricos supone rezagarnos en la carrera para lograr emisiones cero.
Esto se debe en parte a que los coches eléctricos no son realmente neutros en términos de emisiones de carbono, pues implican una serie de actividades que las producen, como la actividad minera necesaria para obtener las materias primas con las que se hacen sus baterías, el proceso de fabricación de los vehículos o la generación de la electricidad con la que funcionan.
El sector del transporte es uno de los que plantea retos más complejos para su descarbonización debido al uso intensivo que hace de combustibles fósiles, a su dependencia de infraestructuras que generan una gran cantidad de emisiones (como por ejemplo carreteras, aeropuertos o los propios vehículos) y por la forma en que favorece un estilo de vida dependiente del coche. Una vía para reducir las emisiones de transporte de una forma relativamente rápida y potencialmente global es sustituir los coches por bicicletas, bicicletas eléctricas y por desplazamientos a pie, que en su conjunto suponen los denominados “viajes activos”.

Los viajes activos son más baratos, mejores para nuestra salud y más ecológicos. Y en las congestionadas vías urbanas, no son más lentos. De este modo, ¿qué cantidad diaria de emisiones de carbono se puede evitar? ¿Y cuál es su papel en la reducción de emisiones de carbono en el conjunto de las actividades de transporte?
En una investigación recientemente publicada, mis colegas y yo hemos descubierto que las personas que caminan o que van en bici generan huellas de carbono inferiores en sus desplazamientos diarios, incluso en aquellas ciudades en las que estos hábitos están muy extendidos. A pesar del hecho de que algunos de estos desplazamientos andando o en bici no sustituyen los desplazamientos motorizados, sino que se añaden a ellos, creemos que si hubiera un número mayor de gente que se pasara a los desplazamientos activos esto equivaldría a una reducción de las emisiones de carbono en la actividad de transporte, tanto las emisiones diarias como las generadas en cada desplazamiento individual.
La diferencia que supone un solo viaje
Hemos estudiado a 4 000 personas residentes en Londres, Amberes, Barcelona, Viena, Örebro, Roma y Zúrich. Durante un periodo de dos años, estos participantes realizaron un total de 10 000 viajes al día que nos sirvieron de muestra para estudiar sus actividades de transportes cotidianas, como ir al trabajo en tren, recoger a los niños del colegio con el coche o ir al centro en autobús. En nuestra investigación calculamos la huella de carbono que generaba cada uno de estos desplazamientos.
Y descubrimos datos sorprendentes, como que las personas que se desplazan diariamente en bici generaban huellas de carbono diarias totales un 84 % menores que aquellas que no lo hacían.
También descubrimos que, de media, una persona que cambiaba el coche por la bici en sus desplazamientos durante un solo día de la semana reducía su huella de carbono 3,2 kilos de CO2 (es decir, el equivalente a conducir un coche durante 10 kilómetros, comer una ración de chocolate o de cordero o enviar 800 correos electrónicos).
Cuando hicimos la comparación del conjunto de procesos que implicaba cada modo de desplazarse (para lo que tuvimos en cuenta las emisiones de carbono generadas en fabricar el vehículo, proporcionarle combustible y su propio uso) descubrimos que las emisiones producidas por los desplazamientos en bicicleta podían llegar a ser hasta 30 veces inferiores en cada viaje que los desplazamientos realizados en coches propulsados por combustibles fósiles, y unas diez veces inferiores que los viajes de coches eléctricos.

También descubrimos que los residentes urbanos que cambiaron el coche por la bici en un solo desplazamiento diario redujeron su huella de carbono anual en torno a media tonelada de CO2, y evitaron así una cantidad de emisiones equivalentes a las que supondría un vuelo de ida entre Londres y Nueva York. Según nuestros cálculos, bastaría con que uno de cada cinco residentes urbanos cambiara de forma permanente sus hábitos de viaje durante los próximos años para que Europa disminuyera un 8 % las emisiones de sus desplazamientos en coche.
Casi la mitad de la reducción de las emisiones de carbono diarias registradas durante los confinamientos globales de 2020 fueron consecuencia de la reducción de las emisiones de los transportes. La pandemia obligó a países de todo el mundo a adaptarse para reducir la expansión del virus, y en Reino Unido los desplazamientos andando y en bici fueron los grandes beneficiados. El número de personas que camina de forma regular ha aumentado un 20 % con respecto a antes de la pandemia. Del mismo modo, los desplazamientos en bicicleta se han incrementado un 9 % en los días de diario y un 58 % los fines de semana. Y esto a pesar de que es bastante probable que muchas de las personas que van a trabajar en bici podrían hacerlo también desde casa.
Los viajes activos suponen una alternativa a los coches que permite además mantener la distancia social. Esto ha contribuido a que la gente esté pudiendo proteger su salud durante la pandemia, y podría además ayudar a reducir las emisiones a medida que los confinamientos se vayan suavizando, sobre todo si se tiene en cuenta el hecho de que es probable que los altos precios de los coches eléctricos sigan disuadiendo a muchos potenciales compradores, al menos por el momento.
Pero la carrera continúa. Los desplazamientos activos pueden ayudar a contener la emergencia climática mucho antes de que estén en condiciones de hacerlo los coches eléctricos, pues los primeros proporcionan un tipo de transporte barato, fiable y limpio, que protege nuestra salud y que no genera atascos.
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Christian Brand ha recibido financiación para este trabajo del Séptimo Programa Marco de la Unión Europea a través del proyecto «Physical Activity through Sustainable Transport Approaches» y de UK Research and Innovation a través del Centre for Research on Energy Demand Solutions y del UK Energy Research Centre.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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