Cuando un movimiento nace del odio, acaba devorando a los suyos.
DEL MESÍAS DIGITAL AL CAZADOR DE TRAIDORES
Luis Pérez Fernández, alias Alvise, se presentaba como el azote del sistema. Prometía limpiar la política española desde los márgenes, armado con Telegram, teorías conspirativas y una legión de seguidores que le juraron fidelidad como si de un mesías digital se tratase. Pero el discurso de pureza siempre acaba en inquisición. Y Alvise, que había construido su fama sobre el señalamiento ajeno, terminó apuntando el dedo contra los suyos.
El 20 de abril de 2025, en un restaurante de Palma, comenzó la purga. Durante la grabación de su pódcast Eclécticos Worldwide, insinuó que dos eurodiputados de su propio movimiento, Nora Junco y Diego Solier, habían sido “comprados por un lobby armamentístico”. No mostró pruebas, pero tampoco las necesitaba. Bastó una frase para encender la mecha de la persecución digital. A sus seguidores solo les hacía falta una consigna: “Perseguidles y pedidles explicaciones”.
Desde ese día, las redes se llenaron de mensajes que pasaron del insulto al acoso. “Zorra”, “rata”, “hija de puta vendida”, “no volverás a andar tranquila por las calles”, “deja el cargo, eres otra garrapata del sistema”. Los eurodiputados tuvieron que cerrar comentarios, cambiar de teléfono y limitar sus comunicaciones. El Supremo ya investiga esta nueva campaña de hostigamiento, la cuarta causa abierta contra Alvise Pérez.
Mientras tanto, en su canal de Telegram con más de 650.000 seguidores, el líder de Se Acabó La Fiesta (SALF) seguía avivando la hoguera. Publicó el correo, la fecha de nacimiento y el teléfono personal de Solier. Subió los billetes de avión de Nora Junco, que viajaba desde Lima a Madrid. Y lo hizo sabiendo perfectamente lo que implicaba: entregar a dos personas a la furia de su propia turba.
UN PROYECTO NACIDO DEL ODIO
El caso de Nora Junco y Diego Solier es la radiografía perfecta de lo que ocurre cuando un movimiento político se construye sobre la hostilidad. SALF no era un partido, era un culto. Una comunidad cimentada en el resentimiento, donde la disidencia interna se castiga con linchamiento público. Donde la fidelidad no se mide en ideas, sino en obediencia.
Los dos eurodiputados, elegidos en junio de 2024, cometieron el pecado de discrepar. Se integraron en el grupo Conservadores y Reformistas Europeos —la familia política de Giorgia Meloni— mientras Alvise quedaba fuera por sus causas judiciales. Ese distanciamiento fue suficiente para convertirlos en “enemigos del pueblo”.
El acoso fue planificado. Las denuncias ante el Supremo describen semanas de asedio coordinado por Telegram, Instagram y correo electrónico. Mensajes anónimos y firmados, amenazas directas y humillaciones públicas. Junco llegó a recibir un correo que decía: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Solier, otro: “Disfruta el dinero que te has llevado porque yo voy a disfrutar no olvidándome nunca de tu cara”.
En un intento por defenderse, Solier escribió a uno de los acosadores. Le explicó que el único que había recibido maletines era Alvise. Que fue él quien les dejó con facturas sin pagar en Valencia y quien no donó su salario como prometió en campaña. La supuesta web de donaciones, según dijo, era otra farsa. “A las personas que desarrollaron esa plataforma tampoco les pagó por su trabajo”, añadió.
Incluso el eurodiputado de Vox, Hermann Tertsch, tuvo que intervenir para enviar un mensaje de apoyo a Solier. Un gesto que dice más de la gravedad del acoso que de la afinidad ideológica entre ambos. Cuando hasta la extrema derecha empatiza con tus víctimas, es que el fanatismo ha cruzado todas las líneas.
El Supremo, con el juez Manuel Marchena como instructor, ya ha admitido la causa. Es la cuarta investigación abierta contra Alvise, que acumula presuntos delitos de coacciones, amenazas, revelación de secretos, financiación irregular y acoso. Su historial judicial es el espejo de su proyecto político: un modelo de violencia simbólica y mediática que convierte la denuncia en espectáculo y la difamación en estrategia electoral.
De los enemigos del sistema a los enemigos internos. De la cruzada contra la “corrupción” al linchamiento de quien no aplaude. Alvise prometió regeneración, pero solo ha demostrado una cosa: que el odio no se gobierna, se propaga. Y cuando el poder nace de él, acaba devorando a quienes lo alimentan.
La historia ya ha visto a demasiados líderes que confundieron seguidores con soldados. Algunos terminaron solos, otros huyendo de su propio fuego.
Alvise apenas empieza a arder.
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