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Según el último censo, realizado entre 2012 y 2014, se estima que hay una población que oscila entre 1 500 y 3 000 lobos en España. El estatus de protección legal de la especie no es uniforme. No está catalogada en gran parte de su área de distribución, y en las Comunidades Autónomas existen distintos modelos de gestión. En algunas, se considerada especie cinegética.
La nueva Estrategia para la Conservación y Gestión del Lobo en España propone generalizar su estatus como especie protegida. Pero dicha propuesta corre el riesgo de generar nuevas tensiones en su coexistencia con los seres humanos, relacionadas frecuentemente con procesos insuficientemente participativos.
Estudios y experiencias previas, procedentes de aplicar la sociología a la conservación, muestran el potencial de la mediación social y el involucramiento de las poblaciones locales. Entre las oportunidades a explorar en este sentido figuran iniciativas como el Observatorio Campo Grande sobre la convivencia del lobo ibérico y la ganadería extensiva.

¿Una estrategia inclusiva y efectiva?
En noviembre de 2020 se presentó un borrador para actualizar la Estrategia para la Conservación y Gestión del Lobo. Se propone extender la consideración del lobo como especie protegida donde ahora es especie cinegética.
El borrador ha inspirado declaraciones de colectivos ecologistas. En estas, se asume la prohibición de la caza del lobo y el fin de los controles de la especie. No obstante, el borrador no especifica que esto sea así.
Por otra parte, cunde la alerta, por ejemplo en las regiones donde se caza al lobo. Pero también en colectivos ganaderos, que denuncian la inutilidad de aplicar un único rasero. Tales posicionamientos son reveladores del conflicto enquistado en torno al lobo.
El borrador ha sido elaborado en consulta con las Comunidades Autónomas. Actualmente se ha abierto la siguiente fase, de consulta y aportación de otros actores. Ahora bien, es fundamental alertar sobre las graves tensiones relacionadas con proteger especies “desde arriba” (enfoque top-down). Tales tensiones pueden perjudicar a su conservación. Además, también pueden afectar a las relaciones sociales entre los humanos con quienes coexisten.
Un ejemplo es el oso. En el Pirineo, el refuerzo de su población con ejemplares importados resultó polémico. Mientras, en la región Cantábrica una gestión más aceptada por la población local ha sido una de las claves del éxito en su conservación.
Más allá de considerar las tensiones como un conflicto “humano vs. animal”, es un conflicto social. Es decir, entre (grupos de) personas sobre la presencia de especies como el lobo. Entenderlo así nos lleva a considerar los procesos sociales subyacentes a la conflictividad. Estos procesos son, por ejemplo, la exclusión de ciertos grupos sociales, la intervención de instituciones lejanas y la polarización entre grupos rurales-urbanos y científicos-no científicos.

Mediación social y procesos participativos
La mediación social y los procesos participativos son claves para fomentar la coexistencia, dependiendo mucho de la confianza y la inclusividad.
En un estudio en el Parque Natural de Redes (Asturias) investigamos la persistencia del conflicto sobre lobos desde la comunicación. Aquí se observó que era muy recurrente la profunda desconfianza entre prácticamente todos los grupos sociales.
Vimos mucha desconfianza, por ejemplo, durante las Jornadas El Lobo en Asturias en 2017. En estas se reunían la Administración pública, biólogos, cazadores, ganaderos, ecologistas, etc.
Durante las jornadas se cuestionaban sistemáticamente los datos oficiales sobre los censos de lobos y de daños causados, usados para elaborar los planes de gestión del lobo. ¿Por qué? Los datos no encajaban con las observaciones de los diferentes grupos (como ganaderos y ecologistas). Los consideraban sub o sobreestimaciones, interpretando intenciones ocultas: eliminar a la población rural o a los lobos, respectivamente.
Tal desconfianza va ligada a la exclusión recurrente de grupos involucrados en la coexistencia, específicamente poblaciones locales. También influye la marginalización de sus puntos de vista.
Además, la falta de participación y diálogo inclusivo, donde se valoren todas las aportaciones, pueden crear posicionamientos (y acciones) radicales y reforzar tensiones entre ámbitos urbanos-rurales y académicos-no académicos. Todo esto lo observamos también en el Parque Natural de Redes.

Por otro lado, también hay ejemplos positivos de involucrar plenamente a la población local. Aparte del caso ya mencionado del oso cantábrico, existen experiencias exitosas en África. Allí, dicho conflicto impacta mucho más drásticamente los medios de vida locales.
Un ejemplo paradigmático es Kenia. En este país la pérdida de fauna silvestre se ha revertido en los últimos años en la zona central. La implementación de programas de desarrollo por parte del Northern Rangelands Trust lleva aparejados objetivos no solo ambientales, sino sociales y económicos.
La iniciativa persigue, por ejemplo, facilitar el acceso a la educación, empoderar comunidades de pastores, reforzar la gobernanza local, fomentar el ecoturismo y el reparto de sus beneficios, y mejorar la comercialización de productos ganaderos. La población local tiene voz, voto e intereses, por lo que su percepción sobre la fauna y las oportunidades que ofrece cambia radicalmente.
El Observatorio Campo Grande
En España tenemos un excelente ejemplo de plataforma de mediación social: el Observatorio Campo Grande. Surge a partir del Grupo Campo Grande. Es una iniciativa para afrontar de forma positiva la gestión del conflicto existente alrededor de la coexistencia del lobo ibérico y la ganadería extensiva.
El Observatorio pretende ser un lugar de encuentro y reflexión entre sectores y conocimientos diferentes. Tiene como fin proponer actuaciones y respuestas que integren todas las miradas que intervienen, basadas en el diálogo y la mediación social. Incluye tanto voces desde el territorio como enfoques científicos multidisciplinares. De esta forma, integra las realidades sociales y ecológicas de dicho conflicto.
Esta iniciativa es fundamental para participar en las discusiones sobre la Estrategia actualizada. Además, permite articular un diálogo productivo para mejorar la confianza entre las partes y disminuir las tensiones.

La cara social de la conservación
Es clave trabajar con herramientas de investigación social que determinen el complejo socioecosistema que rodea al lobo en un territorio. Solo de este modo se podrá comprender mejor los conflictos sobre lobos (y otras especies conflictivas de fauna silvestre) y encontrar vías para una coexistencia justa y factible.
La mediación y la participación pueden desempeñar un papel importante: acercan posturas polarizadas y revalorizan las ideas y conocimientos aportados de las partes implicadas. Por ello, se deberían generar plataformas de mediación social para formular políticas de conservación.
Si se protege el lobo sin ninguna consideración por las poblaciones rurales, es posible que su población acabe reduciéndose significativamente debido a una situación de mayor conflictividad. Por lo contrario, si se gestiona mediante estrategias que tengan en cuenta aspectos sociales además de los biológicos, se puede conseguir una adecuada conservación de la especie y coexistencia con la sociedad, ya sea bajo protección total o bajo caza controlada como se ha hecho hasta ahora.
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Pablo Manzano recibe fondos del Instituto de Ciencia de la Sostenibilidad de Helsinki (HELSUS). Es miembro voluntario de Ecologistas en Acción y de la Plataforma para la Ganadería Extensiva y el Pastoralismo.
Isabeau Ottolini no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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