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Los presidentes de los tres poderes de Brasil (Luiz Inácio Lula da Silva,
presidente de la República; Veneziano Vital do Rêgo, presidente del Senado; Arthur Lira
presidente de la Câmara dos Deputados, y Rosa Maria Pires Weber, presidenta del Supremo Tribunal Federal de Brasil) durante la firma de un comunicado conjunto en defensa de la democracia el 9 de enero de 2023. Gov.br / Planalto
Hemos asistido a lo que muchos han calificado de reedición de la toma del Capitolio de los EEUU de hace dos años. Ciertamente, las imágenes nos evocan cómo responde la ultraderecha neopatriótica cuando pierde las elecciones y siembra teorías conspiranoides para arengar a fanáticos reaccionarios.
No obstante, lo que hemos presenciado en Brasil tiene también características “netamente brasileñas” que dificultan la comparación:
En el Planalto ya había un presidente en el ejercicio pleno de sus funciones (en el caso estadounidense, la aspiración de la turba era precisamente evitar la proclamación oficial del presidente electo).
En Brasilia las instituciones tomadas han incluido a las máximas representaciones del legislativo, del ejecutivo y del judicial; esto es relevante porque algunos de los mayores reveses al gobierno de Bolsonaro vinieron precisamente desde el poder judicial y, en concreto, desde el Supremo (veremos si la mayoría bolsonarista en el Congreso y el Senado aplica su particular vendetta promoviendo algún procedimiento de impeachment en los próximos meses, por ejemplo, contra el magistrado Alexandre de Moraes).
La muchedumbre clamaba explícitamente por una intervención militar, esto es, un golpe de Estado sin ningún revestimiento jurídico (como sí sucediera con el impeachment a Dilma Rousseff en 2016), reconociendo “sin caretas” que la motivación última no era por imperfecciones electorales sino, lisa y llanamente, por obtener el poder por las buenas o por las malas.
Similitudes entre los casos de Trump y Bolsonaro
Además de los vínculos evidentes de Steve Bannon y Eduardo Bolsonaro, así como la proyección internacional de los ultras de la llamada Alt-Right, hay dos hechos relevantes que sí son coincidentes:
La ambivalencia del anterior presidente derrotado democráticamente en las urnas respectivamente.
La confirmación del funcionamiento de las instituciones y la imposibilidad de alcanzar legítimamente el poder con el uso de la fuerza. En el caso de Bolsonaro, como otrora hiciera Trump, ha jugado discursivamente entre inflamar a sus huestes tildándoles de patriotas, a la vez que cuidándose de arengarles explícitamente a cometer delitos. No es casual que el expresidente brasileño se encuentre fuera del país por si fuera investigado por esta u otras irregularidades, como su desastrosa gestión de la pandemia, entre otras. En todo caso, esa ambivalencia discursiva, que choca con las declaraciones rotundas y altisonantes en otros temas, forma parte de un juego calculado donde los supuestos adalides de la patria son en realidad los más virulentos antisistema.
La policía militar entra en el edificio del Congresso Nacional brasileño tras la invasión por parte de partidarios del expresidente Jair Bolsonaro.
Wikimedia Commons / Agência Senado, CC BY
Reflexiones para Brasil
Como ya se dijo en estas páginas, el gobierno de Lula surge en un contexto de debilidades estructurales y coyunturales. No obstante, y a pesar de la magnitud del desafío enfrentado a solo una semana de la asunción presidencial, podemos concluir que el balance para la democracia brasileña es muy positivo.
En primer lugar, se ha corroborado que los militares (los verdaderamente decisivos y con poder de mando, no los retirados ni algunos de baja graduación) han descartado categóricamente la vía del golpe militar a pesar de los insistentes cantos de sirena de unos pocos.
En segundo lugar, el gobierno de Lula, dubitativo al principio sobre cómo lidiar con los rescoldos ultras que hereda de la administración anterior, sabe fehacientemente que hay que actuar y así lo ha decretado el propio presidente con la “intervención federal” y ratificado por la Corte Suprema para suspender el sospechoso accionar del gobernador bolsonarista del Distrito Federal de Brasilia, Ibaneis Rocha, quien primero pecó por omisión al no garantizar el orden público y, más tarde, intentó despegarse de Bolsonaro ofreciendo la cabeza de su secretario de Seguridad, Anderson Torres, que fuera ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro y que se encontraba curiosamente de viaje en Estados Unidos.
Y en tercer lugar, el rápido apoyo unánime de la comunidad internacional (más allá de ciertos exabruptos de cariz doméstico como los escuchados en Madrid) al gobierno democrático de Lula fortalecen su posición internacional y el consenso generalizado (desde Estados Unidos y la UE hasta China y Rusia, por ejemplo) frente a aventuras militaristas afortunadamente desterradas en la región.
Así pues, más allá del susto y la tensión, la dura partida de ajedrez que tendrá que librar Lula a lo largo de este mandato para ir desplegando las piezas y dominando el centro del tablero se ha librado por el momento con una posición ventajosa frente a la apertura agresiva desplegada por su oponente desde Florida. La legalidad, la legitimidad y la narrativa están claramente del lado del presidente, mientras que al otro lado se atrincheran los ultras reaccionarios, victimistas y antisistema. Lula 1, Bolsonaro 0.
Sergio Caballero does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
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