«Un buen pedazo del sueldo se me va en el alquiler, y otro tanto, en el coche. Pero eso es por elección propia eh, que quede claro, no vayan a pensar que soy comunista»
Por Valentina Schütze – LA MORALISTA
Viernes 10 de marzo. Un nuevo día maravilloso en la ciudad con mejor estilo de vida del mundo, Madrid. Suena el despertador, me levanto perezosamente, y decido tomarme un momento para asomarme por la ventana. Ahhhh, la verdad es que no hay nada como respirar el aire contaminado de la ciudad, y escuchar el relajante ruido de la sierra eléctrica talando árboles para empezar bien el día. ¡Esto sí que es vida!
En fin, no puedo quedarme toda la mañana aquí reflexionando, puesto que tengo que llegar a mi trabajo de cuarenta horas semanales, gracias al cual puedo permitirme el alquiler del cuarto en el piso compartido, en el que hemos alquilado hasta el salón como un cuarto extra. ¡El del salón si que ha salido ganando! Al final, tiene el cuarto más grande, y con diferencia.

Un buen pedazo del sueldo se me va en el alquiler, y otro tanto, en el coche. Pero eso es por elección propia eh, que quede claro, no vayan a pensar que soy comunista. Podía elegir entre tardar una hora en llegar al trabajo mediante un sistema de transporte público que deja mucho que desear, o asumir el gasto de un coche, con su seguro, mantenimiento, combustible, etc., y tardar cincuenta minutos, si no hay más atasco de lo habitual. Se llama li-ber-tad. Sí señor. No hay nada como ejercer mi libertad individual pillada en el tráfico. Mientras espero, puedo ir pensando en el totalitarismo climático, que quiere que las personas que escojan moverse en bici tengan las condiciones para hacerlo de forma segura, y me pregunto cuánta gente razonable, como yo, quedará en este país. Por el tiempo que llevo pillada hoy en el atasco, deben ser más de las que pensaba, pero también es verdad que la mayoría de los coches solo llevan a una persona (es lo que se llama un sistema de transporte urbano eficiente, y lo demás son tonterías).
En el trabajo, por suerte, puedo olvidarme un rato (ocho horas, para ser exactos, si es que no me toca hacer horas extra) de la preocupación que me causa pensar en los ciclistas extremistas que quieren imponernos un medio de transporte que fomenta la actividad física, es más sostenible y más eficiente a nivel urbano, solo porque a ellos les parece que es mejor. En la oficina todo va a un ritmo muy frenético, así que nada de quedarme pensando en las nubes. Aunque en la pausa para comer aprovecho para echar un vistacillo en Tinder.
Hoy es viernes por la tarde. Del trabajo salgo molida, pero tengo que aprovechar los fines de semana, así que a ver si consigo algo para esta tarde-noche. El chico me pregunta que qué me gustaría hacer. Estamos en Madrid hombre, ¿tú qué crees? Ir a ver tiendas de moda rápida de mala calidad, o de super lujo en las que no me puedo permitir ni un cinturón. Dice que prefiere no ir de tiendas porque ahora mismo no necesita nada. Si no es por necesitar, hombre. Si total, aunque te compres unas gafas de sol en invierno, es por sentir que con tanto trabajo me da para comprar algo, aunque sea en el Primark. Calidad de vida, y esas cosas.
Ahora me pregunta que si tengo hobbies. Vaya tela. Este debe ser un nini. Si fuese trabajador como yo, no tendría tiempo para esas cosas. Qué hobbies voy a tener, si me paso ocho horas al día en el trabajo y dos en coche. Ni deporte ni nada. ¿Qué no es bueno para la salud? Mira, si me paso lo del cambio climático por donde yo te diga, las recomendaciones de ejercicio físico, tiempo de calidad y bla bla bla para la salud mental y física, ya ni te digo por donde me las paso. Yo hago lo que me da la gana, no lo que me digan por ahí, que para eso vivo en libertad. ¡He entrado en Tinder, no en la consulta del médico! (Lo segundo hubiese sido casi imposible, la verdad).
Como veo que con este no voy a congeniar, mejor me vuelvo a ejercer mi libertad en mi cuarto de nueve metros cuadrados. Qué nunca me quiten la libertad…
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