Mientras Trump convierte la solidaridad en negocio, Europa —y España— asumen el coste de una guerra que amenaza con eternizarse
LA GUERRA COMO NEGOCIO GLOBAL
España ha decidido financiar armamento estadounidense para donarlo a Ucrania. No se trata de material propio, como el que ya envía desde 2024 por valor de 1.000 millones de euros anuales, sino de comprar armas a Washington para luego regalarlas a Kiev a través del programa PURL (Prioritized Ukrainian Requirements List) impulsado por la OTAN. Es decir: Estados Unidos deja de donar armas y Europa paga la cuenta.
El programa nació en agosto de 2025, cuando Donald Trump cortó en seco las ayudas militares gratuitas a Ucrania que mantenía su predecesor, Joe Biden. Desde entonces, los países aliados se han apresurado a sustituir ese flujo con dinero propio. Alemania, Países Bajos, Canadá, Dinamarca, Noruega y Suecia ya financiaron los primeros cuatro paquetes de armas estadounidenses —entre ellos misiles Patriot y cohetes Himars, valorados en 2.000 millones de dólares—. A mediados de octubre se sumaron Estonia, Letonia, Lituania, Bélgica, Luxemburgo, Finlandia e Islandia. Ahora lo hace España.
El argumento esgrimido por el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, suena tan simple como inquietante: “Sabemos lo que Ucrania necesita y solo Estados Unidos puede proporcionarlo”. Lo que no dice Rutte es que ese “saber” tiene precio y se paga en dólares. Trump transforma la ayuda militar en una transacción comercial y Europa la acepta como si fuera un deber moral.
La guerra se ha convertido en una cadena de suministro y pago, con el Pentágono al final del embudo. Estados Unidos deja de poner las armas gratis, pero mantiene el control total sobre quién las compra, quién las usa y contra quién se disparan. Kiev recibe el fuego; Washington, los beneficios.
UNA EUROPA EN SILENCIO Y UNA ESPAÑA SUMISA
España entra en el juego con discreción, sin cifras cerradas pero con el cheque preparado. Según fuentes militares, la contribución podría rondar los 200 millones de euros. No es solo un gesto hacia Kiev. Es también una ofrenda diplomática a la Casa Blanca, una forma de “suavizar tensiones” con Trump después de que el mandatario estadounidense amenazara con expulsar a España de la OTAN por no elevar su gasto militar al 5% del PIB. Tras varias amenazas —expulsión, aranceles, “reprimenda”— el tono ha bajado, pero el mensaje sigue siendo el mismo: obedecer o pagar.
El presidente Pedro Sánchez ha insistido en que España “será parte de la solución” y “seguirá ayudando a Ucrania”. Pero la ayuda se ha convertido en una palabra vacía cuando se canaliza a través de la industria armamentística. No hay ayuda cuando la solidaridad pasa por caja. No hay defensa de los derechos humanos cuando los contratos se firman con fabricantes de misiles.
Mientras tanto, el Instituto de Kiel ha documentado un descenso del 43% en la asistencia armamentística total a Ucrania en el primer semestre de 2025. El motivo no es la falta de voluntad europea, sino el fin del apoyo gratuito estadounidense. Washington ha pasado de ser el donante principal al proveedor de lujo. Los mismos sistemas que antes enviaba sin coste —Patriot, Himars, Javelin— ahora se venden. Y Europa paga por mantener la guerra que EE.UU. ya no quiere financiar, pero tampoco dejar morir.
España, en plena crisis presupuestaria, se suma a esa rueda sin discutir el modelo. Mientras la sanidad se precariza, la vivienda se encarece y los salarios no alcanzan, el Gobierno encuentra margen para transferir millones a la industria bélica estadounidense. Todo en nombre de una guerra que, lejos de resolverse, ha entrado en fase de negocio estructural.
El efecto colateral más evidente es político: el gesto pretende recomponer las relaciones entre Madrid y Washington tras meses de frialdad. Pero el precio es alto. España legitima una política exterior basada en el chantaje y la sumisión, renunciando a cualquier autonomía diplomática real. En lugar de defender la paz, financia la prolongación del conflicto.
Y detrás de cada titular sobre “ayuda militar” se oculta una verdad incómoda: Europa no está ayudando a Ucrania, está sosteniendo a la industria armamentística de Estados Unidos. Los mismos misiles que se presentan como “solidaridad” son los que impiden cualquier negociación de paz.
Nadie se atreve a preguntar cuánto durará esta dinámica, ni qué clase de seguridad puede construirse sobre contratos de muerte. Porque la guerra, cuando se convierte en mercado, ya no necesita justificación: solo clientes.
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