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La relación del compositor italiano Giuseppe Verdi con la censura de la época fue más bien tormentosa. A pesar de ello, no dejó de abordar proyectos que le interesaban, a sabiendas de que no sería un camino de rosas conseguir la autorización gubernativa. Rigoletto no fue una excepción.
Esta ópera, estrenada en La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851, abre la década de mayor madurez, originalidad y brillantez del compositor. Pero también significa un cambio en la orientación de sus ideas. Las anteriores obras, centradas en temas patrióticos o en dramas de capa y espada, dejan paso a un claro interés por el dibujo preciso de la psicología de los personajes.
Lo que nos cuentan sus cartas

Se conserva una profusa correspondencia de Verdi y en ella encontramos certezas acerca de lo que significó esta obra para él. Se trataba de poner en escena musical la obra de Victor Hugo Le roi s’amuse, El Rey se divierte, sobre la corte de Francisco I de Francia.
En el año 1849, el compositor se encontraba buscando un libreto para su siguiente trabajo. Ya en una carta a Vincenzo Flauto, el 7 de septiembre de ese año, apuntaba la posibilidad de encargarle a Salvatore Cammarano un libreto sobre Le roi s’amuse.

Pero el 28 de abril de 1850 escribe a Francesco María Piave. En la misiva, desecha algunos temas que este le podría haber propuesto, como Il Conte Hernán, de Alejandro Dumas, estrenado en 1846, y un Gusmano il Buono, de Giuseppe Camillo Mattioli, tragedia lírica en tres actos de la que dice “difícilmente encontraremos nada mejor” y a la que acabaría poniendo música M. Marliani.
En dicha carta refiere:
“Hay un libro que, si la policía lo permitiese, sería una de las más grandes creaciones del teatro moderno”.
Más adelante aclara:
“La obra es grande, inmensa y tiene un personaje que es una de las más grandes creaciones del teatro de todas las épocas y de todos los países. La obra es Le Roi s’amuse y el personaje del que te hablo es Tribolet”.
Su entusiasmo culmina con un encargo apremiante:
“Apenas recibas esta carta, corre por toda la ciudad y busca un personaje influyente que pueda obtener el permiso para hacer Le Roi s’amuse”.
El asunto no sería fácil.
Permiso denegado
El 8 de mayo insiste en otra carta a Piave en que “¡Tribolet es una creación digna de Shakespeare!”.
En carta del 3 de junio, menciona estar contestando a una del propio Piave del 14 de mayo, y se adivina que ya se ha obtenido el permiso pertinente o, cuando menos, uno parcial, pero han de cambiar el título:
“En cuanto al título, si no puede ser Le roi s’amuse, que sería hermoso, debe ser necesariamente La maledizione di Vallier, o por hacerlo más corto La maledizione”.
Y conmina a Piave a presentar el libro a la Policía y a la dirección del teatro, y viajar a Busseto para comenzar el trabajo.
Pero la presidencia, es decir, la dirección del teatro, deniega el permiso. No es de extrañar. La obra ya venía lastrada desde su estreno en Francia, en el que Victor Hugo vio cómo se le conminaba a suspender las representaciones, apenas unas horas después del estreno. Su denuncia social al libertinaje y los abusos de los poderosos no era fácil de tolerar por las autoridades de la época.
La siguiente carta es de Verdi a Carlo Marzari, director del Teatro de La Fenice, fechada el 24 de agosto. En ella afirma que Piave le había asegurado que no había obstáculo:
“Me puse a estudiarlo, a meditarlo profundamente, y la idea musical ya la había encontrado, estaba en mi mente. Se puede decir que el trabajo principal, el más fatigoso, ya estaba hecho”.
No debió recibir noticias pronto porque el 6 de diciembre escribe a Giovanni Ricordi, su editor en Milán, y propietario de Casa Ricordi, la más importante editorial del momento y un bastión en el nacimiento de los derechos de autor:
“Un gran problema para Venecia por la nueva ópera. ¡¡¡La Censura no permite el libro!!! ¿Qué hará la Empresa? Es un problema serio, serio, serio!!!”.
El libreto aprobado, ‘limpio’ y sin gracia
Finalmente, el 11 de diciembre recibió el nuevo libreto con las partes amputadas por la censura, que reducían notablemente la fuerza dramática del libro. En una larga carta al presidente Marzari, el 14 de diciembre, se queja amargamente de tal extremo y podemos leer un hermoso párrafo que revela su fascinación por el personaje de Tribolet:
“Observo que se ha evitado hacer un Triboletto feo y jorobado. ¿Por qué motivo? Un jorobado que canta, diría alguno… ¿y por qué no? ¿Molestará? No lo sé, y, si no lo sé yo, no puede saberlo el que haya propuesto esta modificación. Yo encuentro bellísimo representar este personaje externamente ridículo y deforme e internamente apasionado y lleno de amor”.
Un mes después, el 14 de enero de 1851, en otra carta a Piave ya se habla por primera vez de Rigoletto, cuando le dice que “entre tanto, este infernal Rigoletto va, entre problema y problema, adelante”.
La obra se estrenaría un par de meses después, pero Verdi no estaba contento con el resultado.
El 17 de septiembre de 1851 le escribe a Ricordi:
“En Roma, ¡Rigoletto se ha ido al diablo! Con las alteraciones y mutilaciones ridículas que le han hecho es imposible cualquier éxito”.
La censura le había obligado a cambiar nombres, roles y hasta personajes. Por ejemplo, el rey inmoral y depravado, que se divertía en la obra original, aquí pasará a ser el Duque de Mantua. Porque un rey no hace esas cosas…
El 1 de diciembre le escribe a su amigo el escultor Vincenzo Luccardi en términos similares, quejándose del trabajo de la censura. Termina la carta diciendo:
“¿Qué dirías tu si a una bella estatua se le pusiese una venda negra sobre la nariz?”

La versión que nos ha llegado
Como era habitual en el maestro de Bussetto, tras la primera tanda de representaciones, realizó algunas modificaciones, principalmente en la partitura y técnicas, ya que el libreto de Piave se mantuvo como estaba. Musicalmente generosa y brillante y, con todas las pasiones humanas desatadas, las buenas y las malas, esta ópera es hoy en día una de las más representadas del repertorio.
La web de Opera Base refleja que es la novena ópera con más puestas en escena, con 487 representaciones en los últimos cinco años. Esta obra es un claro ejemplo de lo que fue el carácter de Giuseppe Verdi, irreductible, perfeccionista, de una creatividad musical sin límites, culto y apasionado por cada nota de sus obras.

Su muerte, un 27 de enero de 1901 en su habitación del Grand Hotel de Milán, apenas a doscientos metros del Teatro de La Scala, provocó el más impresionante, espontáneo y multitudinario cortejo fúnebre de la historia del país. Más de 300 000 personas acompañaron su féretro. Ahora que se cumplen 120 años de este hecho, otro dato de Opera Base resulta contundente sobre su aportación: es el único autor con siete óperas entre las veinticinco más representadas del mundo. Mozart y Puccini, con cuatro cada uno, le siguen de lejos.
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Pedro Pablo Gutiérrez González does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
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