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Se diría que la palabra ética está de moda y tiene un uso inflacionario tendente al abuso. Se invoca su nombre a todas horas, como si fuera una especie de conjuro y bastara mencionarla para tenerla entre nosotros. Nada más lejos de la realidad.
Su omnipresencia en los medios de comunicación y en los giros coloquiales cotidianos muestran justamente que a lo peor brilla más bien por su ausencia. Parece que se la echa de menos, y esa sería la razón de ponerla como adjetivo a cuánto se nos antoje, a modo de mantra, en lugar de tenerla por el objetivo a perseguir como guía de nuestro obrar en general.
Una omnipresencia que delata su ausencia
Indudablemente hay nuevas disciplinas, como la bioética , que son imprescindibles y realizan una labor impagable.
Convendría que la orientación ética guiase cualquier avance científico y tecnológico, tal como demanda muy en particular la Inteligencia Artificial General. Sin embargo, no dejan de promocionarse cosas tales como la denominada “banca ética”, la “ética del deporte” o la “ética de los negocios”, para distinguir lo que cuenta con ese marchamo de los demás bancos, deportes y negocios que se asumirían entonces como desprovistos de talante ético.
De igual modo, proliferan por doquier los “códigos éticos” que se aprestan a encargar y suscribir todo tipo de gobiernos, cargos públicos, entidades privadas, partidos políticos, asociaciones profesionales o lo que se tercie, porque casi resultaría más fácil señalar aquello que no se precia de tener su propio código ético para presumir y alardear del mismo, en vez de acatarlo sin alharacas. Todo esto no es tan buena noticia como podría parecer a primera vista.
Si a la ética se le rindiera de veras el culto que merece, no haría falta mencionar su nombre a cada paso, ya que sencillamente se daría por sentado que preside nuestras pautas de conducta y moldea nuestro comportamiento en cualquier ámbito donde actuemos.
Toda ética debe ser aplicada
En este contexto se han impuesto las denominadas “éticas aplicadas”, cuya labor no puede ser más meritoria y resultan extremadamente útiles en muchos campos. Con todo, esa denominación no dejaría de ser en cierto modo un pleonasmo, porque la Ética sin apellidos no merece tal nombre si no cabe aplicarla a una praxis que nos permita lidiar con los dilemas morales de nuestra convivencia. Sus planteamientos no admiten atajos ni tampoco grandes rodeos.
El problema de tender a codificar la ética con tanto detalle y para tantas cosas es que se le hace transitar hacia un terreno coercitivo que no es el suyo. Se le hace jugar un papel subsidiario al desempeñado por el derecho y su normativa jurídica, cuya misión es consignar lo correcto y sancionar lo que no se atiene a las normas.
Esta coerción externa no es algo propio de la ética, que no puede recibir ese nombre, si no se interioriza y la hacemos algo nuestro. El tribunal de la conciencia no está compuesto por magistrado ni jurado exterior algunos y copa en solitario nuestro fuero interno.
De poco vale recurrir a la ética como un barniz que oculte bajo una fachada presuntamente saneada una estructura raída. Maquillar nuestro aspecto dejando en el desván un tenebroso retrato a lo Dorian Gray sólo puede añadir a los desmanes una dosis de hipocresía.
Por decirlo con Diderot y Rousseau, las leyes que se inscriben en el mármol de poco sirven y sólo cuentan las que depositamos en el seno de nuestros corazones, quedando allí grabadas a fuego y de manera indeleble, al margen de cualesquiera contingencias.
Nuestras costumbres nos hacen ser como somos
Su etimología griega y romana, el ethos y las mores, nos dan un mismo término en castellano: las costumbres. Cuando Voltaire quiso hacer filosofía de la historia, escribió un “Ensayo sobre las costumbres”, y Kant culmina su pensamiento con un libro titulado “La metafísica de las costumbres”, tras haber entregado una Fundamentación de la misma.
Nuestras costumbres nos hacen ser como somos y, para comportarnos ética o moralmente, hemos de albergar, desdeñar o cambiar nuestras costumbres. Eso requiere una revolución interior que no puede verse suplida por un cúmulo de códigos éticos o manuales de buenas prácticas. Esas guías deberían tender a propiciar su propia desaparición como mejor signo de lograr la meta que se persigue.
Dejemos de maltratar a la Ética y recurrir a ella sólo cuando ya es tarde, utilizándola para camuflar un orden de cosas que más vale prevenir. La ética hay que frecuentarla durante nuestra etapa de formación, desde la enseñanza secundaria, haciéndole acompañarnos en todos nuestros estudios, con una presencia transversal junto a la filosofía (#NoSinEtica #MasFilosofia).
Educación en el diálogo del pluralismo
Esto no significa en modo alguno adoctrinar a la población, como pretenden hacer los credos religiosos que quieren inocular desde muy temprano su verdad excluyente, porque las provisionales certezas éticas tan sólo se templan en la forja del diálogo y el pluralismo, mediante la mayeútica socrática, lo que permite fortalecer nuestro sistema inmunitario cognitivo, para ser ciudadanos vacunados contra el virus de la desinformación planificada y las patrañas puestas en circulación por los demagogos de turno.
Tributemos a la Ética el homenaje que realmente se merece, sin tomar en vano su nombre hasta banalizarlo mediante una inflación carente de toda solvencia. Evitemos caer en el falso dilema weberiano de amoldar nuestras convicciones a ciertas responsabilidades o rehuir estas por considerarlas incompatibles con aquellas.

Como señaló Kant, la moral del éxito no debe traicionar las intenciones y, ciertamente, siempre cabe negarse a secundar lo injusto, tal como sugiere Javier Muguerza con su disenso moral. A ver cuándo podemos acceder al inédito titulado “Ética del decir que no” que se custodia en el Archivo Muguerza de La Laguna.
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Roberto R. Aramayo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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