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Cuando un lapsus deja al desnudo no solo a un político, sino a un proyecto entero.
UN POCOS SEGUNDOS QUE DELATAN TODO UN SISTEMA
Lo que ocurrió en el Congreso el 27 de noviembre de 2025 no fue un simple lapsus. No fue una anécdota. Ni siquiera fue un error humano comprensible entre tantas cámaras y tanta ansiedad por rematar el golpe político de la semana. Fue otra cosa. Fue la metáfora perfecta de un liderazgo que se agota. Fue el pinchazo en directo de la gran ofensiva que el Partido Popular preparaba desde hacía días para capitalizar la condena del fiscal general. Un día que soñaban como histórico y que acabó reducido a una palabra sin sentido: Anotop.
La escena ya forma parte del folclore del parlamentarismo reciente. Alberto Núñez Feijóo, meses afinando el ataque, el sarcasmo final, el remate televisivo. El momento de gloria. Y cuando por fin llega el clímax, el micrófono abierto y el país escuchando, sale aquello:
“Anotop”.
Ni “Anatomía de un farsante”. Ni siquiera algo que sonara parecido. Anotop, como un eco de la torpeza estructural de una derecha que lleva demasiados años confiándolo todo a la puntería judicial y nada a la política real.
Los propios aplausos de sus diputadas y diputados —siempre entregados, siempre obedientes— sonaron esta vez como un intento de apagar el incendio con palmas. La imagen final de Feijóo, rígido, incómodo, mirando al escaño como quien busca la compresión de un error irreparable, podría haber servido de meme institucional de fin de ciclo.
Pero lo grave no fue el lapsus.
Lo grave fue lo que lo rodeó.
Porque era la primera sesión de control tras la condena y también la oportunidad estratégica que Feijóo llevaba deseando desde hacía más de un año: usar al Supremo como ariete político. Y ni así.
Sánchez respondió situándose del lado de las y los periodistas que declararon en el juicio y cargando contra la fábrica de bulos de Miguel Ángel Rodríguez. Luego lanzó el aviso final, ese que huele a guerra fría institucional:
“El tiempo pondrá las cosas en su sitio”.
En román paladino: veo tu Tribunal Supremo y subo el Tribunal Constitucional.
Detrás, en la trastienda, otro actor afinaba el teatro: Miguel Tellado.
Si Feijóo se atranca, él no titubea.
Cuanto menos fundamento, más contundencia.
Para él, el fiscal general no solo era culpable. Era “un delincuente que delinquió siguiendo instrucciones de Moncloa”. Ninguna prueba. Ningún dato. Ninguna prudencia. Solo el eco de un auto del instructor Hurtado que el propio Supremo corrigió expresamente por no sostenerse en nada.
Nada importa.
Nada les frena.
Porque, mientras tanto, en el PSOE saben que la verdadera preocupación no está en Feijóo. Ni siquiera en Tellado. Está en Koldo y Ábalos, que comparecen ante el Supremo con peticiones de 24 y 19 años de cárcel y un contador Geiger político que se dispara cada vez que se les menciona.
Koldo, en su particular tour de destrucción, sugirió a El Español que él mismo condujo al presidente y a Santos Cerdán a una reunión secreta con Arnaldo Otegi en Euskadi en 2018 para pactar la moción de censura. Una historia que ni el PSOE, ni Otegi, ni la lógica política de aquel momento sostienen. Que no impidió que Ábalos, desde su trinchera digital, saliera a defenderla.
Y luego, ya caliente, disparara contra Yolanda Díaz.
Ese fue el regalo del día para el PP.
Pequeños caramelos envenenados que tapan la falta de proyecto, pero animan al banquillo.
UN PODER JUDICIAL QUE TAMBIÉN QUIERE SU PARTE EN EL GUIÓN
El remate lo puso un juez.
Literalmente.
El presidente de la Sala Segunda del Supremo, Andrés Martínez Arrieta, cerró una conferencia en el Colegio de la Abogacía de Madrid —una de las acusaciones del caso— diciendo, entre risas:
“Concluyo, que tengo que poner la sentencia al fiscal general”.
El auditorio rió.
Rió sin saber que esa frase dejaba caer una verdad incómoda: la sentencia ya estaba decidida. La ponente inicial era Susana Polo, del sector progresista y partidaria de la absolución. Al final fue Arrieta quien la redactó. El resultado ya lo conocemos.
El chiste, en retrospectiva, no tiene gracia.
Tiene gravedad.
Porque mientras los partidos juegan con sus torpezas y sus venganzas internas, algunos jueces del Supremo parecen sentirse cómodos en la comedia costumbrista.
Y quienes no tienen motivos para reír son las y los ciudadanos que observan cómo se instrumentaliza la justicia mientras se teatraliza la política.
En este país, hasta los lapsus hablan.
Y este dijo más de lo que Feijóo hubiera querido.
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