El expresidente que vivió rodeado de corrupción regresa para disputar el poder mientras su partido intenta tapar la sangre y el barro de la corrupción y la DANA.
UNA SOMBRA QUE NUNCA SE FUE
Francisco Camps lleva más de una década vagando entre pasillos judiciales, coleccionando absoluciones mientras sus lugartenientes iban cayendo en fila india, condenados por corrupción, sobornos, financiación ilegal y contratos a dedo. Ahora, el ex ‘president’ vuelve a escena como si nada, dispuesto a disputarle el liderazgo del PP valenciano a un Carlos Mazón políticamente herido tras la gestión de la DANA que mató a 228 personas y dejó un paisaje de devastación en la provincia de Valencia. La tragedia apenas se ha enfriado y ya se reparten cuchillos por el poder.
Camps, que abandonó la Generalitat en 2011 por el hedor del caso Gürtel, vuelve amparado por una década de impunidad que solo deja cadáveres políticos a su alrededor. “Amiguito del alma” de El Bigotes, protagonista de aquel desfile de trajes y sobres en negro, es ahora un candidato envalentonado. La maquinaria mediática conservadora le tiende la alfombra, mientras en su entorno se recuerda la lista interminable de condenados: desde Costa hasta Fabra, pasando por Alfonso Rus, el clan de los sobres y la visita papal adjudicada al mejor postor. El PP valenciano ha sido un festín para corruptos y Camps pretende volver a presidir la mesa.
LA FIESTA DEL PODER SOBRE LAS RUINAS
Su candidatura se presenta en Alicante, arropado por Sonia Castedo, otro nombre manchado por la sospecha de corrupción urbanística. La escena es grotesca: 80 actos en dos años, 35 euros por entrada con cóctel incluido, himnos de Gloria Gaynor y tracas falleras. Política convertida en verbena de poderosos, sin un gramo de pudor por el daño causado a un pueblo saqueado durante décadas.
El actual líder Mazón apenas sobrevive políticamente, investigado por la tragedia de la DANA mientras Génova maniobra en la sombra para colocar a Catalá y evitar un nuevo escándalo. La operación fracasa y Camps huele la sangre. Se permite incluso la arrogancia de hablar de “mayorías absolutas” mientras el PP valenciano arrastra un historial de financiación ilegal y decenas de sentencias judiciales.
El ex ‘president’ no se corta: negocia con Vox cuando le conviene, se ofrece a viejas formaciones regionalistas cuando huele oportunidad y mantiene sus privilegios de expresidente –chofer, secretaria, despacho– a costa del erario público. Además, ejerce de profesor en la Universidad Católica de Valencia, una institución cuyo grado de Medicina fue autorizado en plena época dorada de los favores políticos. Todo se compra y se vende: contratos públicos, votos, favores y hasta las aulas.
En mayo, en el edificio Veles e Vents, Camps se rodea de un “ejército de resucitados”: Fabra, Rus, Felip, Martínez… una cuerda de condenados por corrupción convertida en foto de familia. Una foto que retrata perfectamente al PP valenciano, un partido donde la regeneración es un concepto decorativo y donde el poder se hereda entre imputaciones y cenas de lujo.
Camps no vuelve por la dignidad ni por el servicio público. Vuelve porque el pastel sigue ahí, la tarta del poder que el PP valenciano reparte entre los mismos nombres de siempre mientras la ciudadanía paga la factura.
Nadie en Génova lo quiere, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Porque en el PP valenciano, como en toda estructura podrida, el miedo a perder el sillón pesa más que la vergüenza de compartir mesa con fantasmas de corrupción.
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