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Compramos y nos vendemos. Para entender cómo vivimos el amor en nuestro mundo moderno tenemos que considerar nuestra condición de consumidores y de objetos de consumo.
Adquirimos productos cuando están a nuestro alcance, objetos o personas, y vamos a ser valorados por otros consumidores en los muchos mercados en los que cotizamos: el del amor, el del sexo, el laboral…
Por ejemplo, el “capital erótico” que confiere la belleza, la juventud o el dinero determinará la valía de cada uno en el mercado del amor. Es difícil no pensarnos como capitales y nos esforzamos por ser valiosos y deseados en todos los ámbitos de la vida porque de ello depende nuestro éxito social y buena parte de nuestra felicidad. Como consumidores, en el mercado del amor nos comportamos como en el supermercado. Buscamos, comparamos y, si encontramos algo mejor…
¿Cuánto dura una relación amorosa? Seguramente, el tiempo que los implicados en la relación quieren seguir manteniéndola, porque les gusta o les conviene. Al menos, así es en teoría. El sociólogo Anthony Giddens, autor de La transformación de la intimidad: sexualidad amor y erotismo en las sociedades modernas, nos habla de “amor puro” refiriéndose a las relaciones basadas en la confluencia de deseo y voluntad.
Amor en el móvil
¿Por qué deberíamos seguir en una relación de amor si este se acaba? Además, a poco que “cotices”, es relativamente fácil volver a entrar en el mercado y ponerse a buscar a alguien que convenga más. Se puede hacer desde el móvil con mucha facilidad: derecha, me gusta; izquierda, no me gusta.
Con un simple gesto, queda abolido el compromiso que sostiene “me quedo contigo, aunque en el futuro encuentre algo mejor”. ¿Quién seguiría comprando en su supermercado de toda la vida si justo al lado abren uno que ofrece los mismos productos a un precio mucho mejor? Sí, claro, las personas no son como los productos de un supermercado; pero, muchas veces (¿la mayoría?), nos comportamos como si lo fueran.
La vida en las pantallas, revalorizada en los tiempos de pandemia, ha potenciado nuestra capacidad de consumo de relaciones amorosas y ha acrecentado nuestra condición de mercancía que debe ser deseable y deseada por otro buscador.
Todo el mundo puede disponer de una aplicación de móvil pensada para encontrar el amor, de una noche o de toda la vida. Esta estrategia de búsqueda ha invertido el orden de la interacción romántica tradicional: primero surgía la atracción (¿un flechazo?) y luego se iba conociendo a la otra persona.
La descorporización de las pantallas
Ahora, el conocimiento precede a la atracción, a la “química”. La atracción puede llegar tras el conocimiento que tenemos de lo que esa persona muestra de sí misma en la red. Buscas, comparas y escoges. Después puede pasarse al encuentro físico. Hay que confiar en que la persona elegida no padezca de halitosis. El deseo corporal depende muchas veces de los pequeños detalles. La descorporización a la que nuestra creciente relación con el mundo a través de las pantallas nos somete, nos los hace olvidar.
A pesar de todo, en nuestro corazón todavía pensamos en el amor (romántico) como una pasión-fuerza que nos asalta inesperadamente y nos transforma por dentro. Esa pasión cristaliza cuando nos enamoramos y no tenemos ninguna duda de que él/ella es la persona con la que la vida va a tener sentido.
Todavía nos conmueven las películas de amor y aspiramos a un amor de película. Por esa pasión, el ser humano es capaz de las mayores proezas y de las mayores renuncias (incluso algunos príncipes han abdicado de su corona para poder elegir por amor a su pareja y muchas personas dejan todo lo que tienen para seguir a su corazón).
Qué pedimos y qué esperamos
Una de las paradojas del amor, que tiene que ver con esta doble condición de individuos racionales y corazones ardientes que quieren vibrar con el mundo, es que no siempre coincide o es compatible lo que le pedimos al amor y lo que esperamos encontrar en el amor.
Cuando nos enamoramos de alguien le pedimos al amor apoyo, vinculación, seguridad. Queremos que nos entiendan y sabernos reconocidos por el otro (es fundamental la imagen que el otro nos devuelve de nosotros mismos). Queremos que nos prefieran a todo y a todos. Pero, también esperamos del amor que nos de alas para volar, que nos llene la vida de emoción, aunque nos sangre el corazón. No queremos ser prisioneros. Vivos, queremos sentirnos vivos.
El Premio Nobel de Literatura Octavio Paz afirma en su libro La llama doble: amor y erotismo que el amor es una apuesta insensata por la libertad, no la propia, la del otro. Tal vez. Y tal vez también sea más un deseo que una realidad que la Covid-19 nos haya recordado nuestra vulnerabilidad y sumisión a la contingencia, y esto nos haga ver que es mucho más seguro, incluso si somos egoístas calculadores, apostar por la felicidad ajena que por la propia.
Si apostamos por la nuestra, dependemos del azar, no siempre es posible elegir lo que nos pasa; si apostamos por la ajena, podemos esforzarnos por facilitarla y obtener así una enorme satisfacción. Eso sí, hay que creer que el amor es querer el bien para el otro, no por uno mismo, sino por él.
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Francesc Núñez Mosteo does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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