16 Sep 2026

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Música que incomoda: los artistas que están pagando un precio por no callarse
INTERNACIONAL

Música que incomoda: los artistas que están pagando un precio por no callarse 

De Macklemore a Kneecap, de Massive Attack a Ana Tijoux, Lowkey, Residente o Saint Levant. Hay músicos que han decidido meter Palestina, el racismo, la desigualdad, el colonialismo y la guerra dentro de canciones que la industria preferiría vender sin demasiados problemas alrededor.

CUANDO HABLAR EMPIEZA A COSTAR DINERO

La industria musical adora la rebeldía cuando cabe en una camiseta de 40 euros. Funciona peor cuando señala gobiernos, empresas, ejércitos, multimillonarios o propietarios de estadios.

Macklemore acaba de comprobarlo. El rapero estadounidense fue apartado en septiembre de 2026 de las fechas estadounidenses de la gira de Ed Sheeran después de pronunciarse en favor de Palestina durante el concierto del 4 de septiembre en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. La promotora Messina Touring Group explicó que varios recintos se negaban a celebrar los conciertos si Macklemore permanecía en el cartel. Finneas, Lukas Graham, Aaron Rowe y Beoga terminaron abandonando también la gira tras lo ocurrido. Ed Sheeran aseguró el 15 de septiembre que apartar a Macklemore no había sido decisión suya.

El enfrentamiento venía de lejos. El 6 de mayo de 2024, Macklemore publicó Hind’s Hall, dedicada a Hind Rajab, la niña palestina de 5 años asesinada en Gaza, y anunció que los ingresos de la canción serían destinados a UNRWA USA.

Al otro lado del Atlántico, Kneecap convirtió el rap en irlandés de Belfast en uno de los fenómenos musicales más incómodos de Reino Unido. Tras sus mensajes sobre Palestina en Coachella durante 2025, políticos británicos reclamaron que fueran retirados de festivales y más de un centenar de artistas, entre ellos Pulp, Fontaines D.C., IDLES, Massive Attack, Tom Morello, Brian Eno, Paul Weller, Primal Scream y Kae Tempest, firmaron cartas defendiendo la libertad de expresión artística.

La presión llegó a los tribunales. Liam Óg Ó hAnnaidh, conocido como Mo Chara, fue acusado en mayo de 2025 por supuestamente mostrar una bandera de Hezbolá durante un concierto celebrado el 21 de noviembre de 2024. Kneecap negó respaldar a Hamás o Hezbolá. El procedimiento fue archivado en septiembre de 2025 porque la acusación había sido presentada de forma incorrecta y, el 11 de marzo de 2026, el Tribunal Superior rechazó el recurso de la Fiscalía. El tribunal dejó claro que su resolución respondía a una cuestión procesal y no determinaba si el músico había cometido o no los hechos que se le atribuían.

Para entender a Kneecap conviene empezar antes de la polémica.

Bob Vylan sufrió una consecuencia todavía más inmediata. El dúo británico de punk y rap actuó en Glastonbury el 28 de junio de 2025 y Bobby Vylan encabezó desde el escenario un cántico que pedía la muerte de miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel. La actuación provocó una investigación policial en Reino Unido y Estados Unidos anunció públicamente la revocación de sus visados. El Departamento de Estado calificó los mensajes de promoción del odio y la violencia; Bob Vylan negó que su posición fuera antisemita.

Ese episodio terminó eclipsando una obra que llevaba años hablando de racismo, clase y desigualdad en Reino Unido. We Live Here, publicada en 2020, ya iba directamente contra el racismo cotidiano británico.

Massive Attack lleva mucho más tiempo transitando ese terreno. El grupo de Bristol mantiene desde finales de los noventa una posición pública respecto a Palestina y en 2024 publicó junto a Fontaines D.C. y Young Fathers el EP Ceasefire, cuyos beneficios fueron destinados a Médicos Sin Fronteras.

En septiembre de 2025, Massive Attack pidió además retirar su música de Spotify como protesta por la inversión de 600 millones de euros de Daniel Ek en Helsing, una compañía europea dedicada a tecnología militar e inteligencia artificial. La banda vinculó la decisión a una discusión más amplia sobre qué ocurre cuando el dinero generado por músicos termina relacionado indirectamente con compañías armamentísticas. Spotify respondió entonces que sus actividades eran independientes de Helsing.

Y Brian Eno decidió convertir un escenario enorme en una operación de ayuda. Together for Palestine reunió el 17 de septiembre de 2025 en Wembley Arena a decenas de artistas y figuras públicas. El recinto tiene capacidad para unas 12.500 personas y las entradas se agotaron en dos horas. Participaron, entre otras y otros, Damon Albarn, Neneh Cherry, Paloma Faith, Jamie xx, Sampha y artistas palestinos. Posteriormente, el proyecto informó de que había recaudado alrededor de 2 millones de libras para organizaciones que trabajan con población palestina.

Cuando una posición política empieza a cerrar puertas, la palabra “compromiso” deja de servir como decoración para una entrevista.

LAS VOCES QUE NO EMPIEZAN NI TERMINAN EN ESTADOS UNIDOS

Mucho antes de que Palestina entrara con fuerza en los grandes festivales occidentales, Lowkey ya estaba rapeando sobre ella.

El músico británico de origen iraquí publicó “Long Live Palestine” en 2009, durante la ofensiva israelí sobre Gaza. Los beneficios del lanzamiento fueron destinados al llamamiento humanitario para Gaza del Disasters Emergency Committee. Desde entonces, la política exterior británica, Irak, Palestina, Julian Assange, vigilancia y guerra atraviesan buena parte de su discografía.

Mirar únicamente hacia Reino Unido y Estados Unidos, sin embargo, reproduce exactamente el problema que tantas de estas canciones intentan discutir.

En 2014, la chilena Ana Tijoux publicó Somos Sur junto a la rapera palestino-británica Shadia Mansour. La canción cruza Latinoamérica y Palestina, colonialismo, fronteras, pueblos indígenas y resistencia cultural. Tijoux explicó entonces que vinculaba la reivindicación palestina con la situación del pueblo mapuche en Chile. Más de una década después, el vídeo oficial supera los 17 millones de reproducciones en YouTube.

Shadia Mansour merece además aparecer fuera del papel de invitada. Lleva años rapeando en árabe sobre identidad palestina, desplazamiento, fronteras y colonialismo. Su presencia recuerda algo básico: Palestina dispone de sus propias voces y no necesita que todo su relato llegue traducido por una estrella occidental.

También Residente puso Gaza dentro de su obra. El 30 de mayo de 2024 publicó una sesión en directo de Bajo los escombros junto a la cantante palestina Amal Murkus. En la grabación participaron además músicos palestinos y el propio Residente explicó que algunas partes del proyecto habían sido grabadas mientras continuaban los bombardeos sobre Gaza.

Y después está Saint Levant, nombre artístico de Marwan Abdelhamid. Nació en Jerusalén en 2000, pasó buena parte de su infancia en Gaza y abandonó el territorio con su familia cuando tenía alrededor de 7 años. Canta mezclando árabe, inglés y francés. Tras 2023, la memoria palestina adquirió todavía más peso en su música. Su álbum Deira tomó el nombre del hotel construido por su padre en Gaza y posteriormente destruido durante la guerra.

La canción Deira, publicada el 23 de febrero de 2024 junto al joven rapero gazatí MC Abdul, supera los 12 millones de visualizaciones en su vídeo oficial.

La lista podría seguir. IDLES lleva años trabajando sobre inmigración, masculinidad, xenofobia y clase. Tom Morello mantiene desde Rage Against the Machine una trayectoria ligada al sindicalismo y a movimientos de protesta. Kae Tempest escribe sobre precariedad, identidad y desigualdad. Amyl and the Sniffers, CMAT, Pulp, Fontaines D.C., Young Fathers, Nadine Shah, Sleaford Mods o Billy Bragg, con diferencias importantes entre ellos, han intervenido públicamente en debates recientes sobre guerra, libertad de expresión y el papel político de quienes suben a un escenario. La propia discusión alrededor de Kneecap mostró esas diferencias: Billy Bragg, por ejemplo, defendió al grupo frente al proceso penal, pero cuestionó una carta de apoyo porque consideraba que simplificaba demasiado el debate.

Eso también importa. Convertir la música política en otro club donde todo el mundo tiene que repetir exactamente lo mismo terminaría destruyendo aquello que pretende defender. Hay canciones discutibles, consignas que pueden ser criticadas y artistas que se contradicen. Hay diferencias entre denunciar una guerra, defender una población civil, apoyar un movimiento político o pronunciar frases que pueden interpretarse como respaldo a la violencia.

La historia de la música popular está llena de ese conflicto. Nina Simone, Víctor Jara, The Clash, Public Enemy o Rage Against the Machine terminaron convertidos en referencias culturales, pero durante su propio tiempo sus canciones hablaban de policías, racismo, golpes de Estado, imperialismo, pobreza y poder.

Décadas después resulta muy sencillo imprimir sus caras sobre una camiseta.

Lo incómodo es reconocer a quienes están haciendo algo parecido mientras todavía pueden perder un escenario por hacerlo.

Porque el poder tolera muy bien las canciones protesta cuando ya pertenecen al pasado.

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