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Todos hemos oído alguna vez decir eso de que “la fiebre sube por la tarde”, hemos escuchado a nuestras madres ordenar un “tápate, que te vas a quedar frío/a” al tumbarnos en el sofá o hemos notado cómo nos arden las orejas cuando nos caemos de sueño. Pues bien, todo tiene una explicación científica.
Para empezar, hay que tener en cuenta que la temperatura cambia de un modo cíclico a lo largo del día –es decir, muestra un patrón circadiano–, con fluctuaciones de cerca de 1°C. Este ritmo refleja el funcionamiento de nuestro reloj biológico, y muestra un mínimo en torno a las 4-6 de la madrugada y valores máximos por la tarde, alrededor de las 20-22 h. ¿Y la fiebre? Pues es un reflejo de este mismo ritmo y, por ello, es más probable experimentar fiebre por la tarde-noche que por la mañana.
La temperatura corporal también guarda una estrecha relación con la somnolencia. Así, cuanto menor es nuestra temperatura central, mayor tendencia a dormir. Si repasamos las grandes catástrofes producidas por errores humanos (Chernobil, Three Mile Island, Bopal…) coincide que muchas se desataron cerca de las 3 de la madrugada. ¿Casualidad? Quizás no tanto, si tenemos en cuenta que la hora coincide con nuestra máxima tendencia a quedarnos dormidos y presentar menor alerta.
Es algo que seguro hemos notado cuando, en algún momento de nuestra vida, pasamos una noche en vela. Una de esas que terminan desayunando churros con chocolate con los amigos. Suele haber un momento en el que dudamos de si seremos capaces de permanecer despiertos, porque los párpados pesan, e incluso se nos cierran los ojos. Pero si resistimos y aguantamos un rato más, desaparece la somnolencia. Todo porque hemos superado ese valle que supone el mínimo de temperatura corporal nocturno.
No hay una sola temperatura
Cuando hablamos de “temperatura corporal” casi todos pensamos en la temperatura central, que es la experimentan nuestros órganos internos. Se puede medir de una forma aproximada con la temperatura sublingual (en la boca) o timpánica (en el oído). O de un modo mucho más preciso con una sonda rectal, o con píldoras telemétricas que han de ingerirse.
Ciertamente es difícil encontrar voluntarios para llevar una sonda rectal durante 24 horas solo para conocer el ritmo de la temperatura central. Máxime con la actual pandemia, que ha convertido tomar la temperatura en un acto cotidiano en colegios, oficinas, teatros, aeropuertos, etc.
Por suerte, existen otras temperaturas corporales que muestran comportamientos interesantes. Sin ir más lejos, tenemos la temperatura proximal, que es la que se mide sobre el esternón o en la axila, o incluso en la frente (muy frecuente últimamente por la pandemia, pero no exenta de limitaciones). Y la distal o periférica, que es la que se corresponde con la de nuestras extremidades (manos, pies…).
Pues bien, resulta que la temperatura distal presenta un ritmo circadiano que, curiosamente, es inverso a la central. Cuando la temperatura central sube, la distal baja. Con una diferencia, y es que sus ritmos están algo desfasados. En concreto la temperatura periférica se empieza a elevar con casi una hora de adelanto a la caída de temperatura central, como publicamos en 2008.

Manos frías, corazón caliente
Ya lo dice el dicho popular: manos frías, corazón caliente. Pero ¿cómo pueden ser dos temperaturas tan diferentes al mismo tiempo en una misma persona? Para que la temperatura central (la del corazón, el cerebro o el hígado) baje y favorezca un sueño profundo debemos vasodilatar. Esto es, abrir el diámetro de los vasos sanguíneos de la piel (manos, pies, orejas, …) y permitir que la sangre caliente circule activamente por la superficie corporal. En especial por las zonas que actúan como ventanas térmicas para disipar calor al ambiente. Después de todo, ¿quién no ha sacado un pie de debajo de las sábanas o edredón cuando siente calor por la noche? ¿O quién no ha observado cómo se encienden las orejas de los niños como un semáforo en rojo cuando tienen sueño?
Este mismo proceso explica por qué nos cuesta dormir cuando la temperatura ambiental es muy alta y no nos deja perder calor. Y lo mismo pasa si hace demasiado frío y experimentamos vasoconstricción. Sin olvidar lo mucho que cuesta pegar ojo con los pies fríos.
El termómetro de la somnolencia
De lo anterior se desprende que la medida de la temperatura distal nos permite evaluar la somnolencia con relativa facilidad. Precisamente ese era el planteamiento central de aquel artículo que publicamos en 2008, y que fue inicialmente rechazado por varias revistas porque no se entendía que un ritmo tan fácil de medir fuera tan informativo sobre la fisiología y el sueño de los sujetos.
Al final, la revista Physiology & Behaviour le dió luz verde. Y pronto se convirtió en uno de los artículos más citados de nuestro grupo. La investigación nos permitió abrir una línea de investigación en monitorización circadiana incorporando sensores de temperatura distal a dispositivos wearables. Es curioso que más de una década después, muchos relojes inteligentes de gama alta hayan empezado a incorporar esta temperatura, medida en la muñeca, para aumentar la fiabilidad de su estima de sueño.
Por si fuera poco, ahora también sabemos que el patrón diario de la temperatura de la piel se ve alterado en enfermedades como la diabetes y el síndrome metabólico, el alzhéimer, el párkinson, la apnea, o durante el propio proceso de envejecimiento. Es más, también guarda relación con la presión arterial. De ahí que medir la temperatura distal resulte tan interesante.
Una última curiosidad: ¿por qué nos quedamos fríos al tumbarnos? Pues no es ni más ni menos que un “efecto secundario” del reflejo ortostático. Al tumbarnos se iguala la altura del cerebro con el corazón, y vasodilatamos para impedir que la sangre llegue con excesiva presión al cerebro. Como efecto secundario de esa dilatación, “expulsamos” calor al ambiente. Y la temperatura corporal cae. Así de sencillo.
Por lo tanto, más vale que hagamos caso a nuestras madres y nos arropemos al tumbarnos. Y cuando nos pregunten por nuestra temperatura, ya sabemos qué contestar: ¿cuál de ellas?
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María de los Ángeles Rol de Lama recibe fondos de Ministerio de Ciancia Innovación y Universidades y la Agencia Estatal de Investigación RTI2018-093528-B-I00, de la Unión Europea (Call H2020-sc1-BHC-2018-2020, Grant agreement 825546, Diabfrail-Latam), y el Ministerio de Economía y Competitividad, medainte el Instituto de Salud Carlos III (CIBERFES, CB16/10/00239), todos ellos cofinanciados con Fondos FEDER y la Fundación Séneca (19899/GERM/15).
Antonio Martinez-Nicolas recibe fondos de Ministerio de Ciencia Innovación y Universidades y la Agencia Estatal de Investigación RTI2018-093528-B-I00, de la Unión Europea (Call H2020-sc1-BHC-2018-2020, Grant agreement 825546, Diabfrail-Latam), y el Ministerio de Economía y Competitividad, mediante el Instituto de Salud Carlos III (CIBERFES, CB16/10/00239), todos ellos cofinanciados con Fondos FEDER y la Fundación Séneca (19899/GERM/15)
Juan Antonio Madrid Pérez recibe fondos de Ministerio de Ciencia Innovación y Universidades y la Agencia Estatal de Investigación RTI2018-093528-B-I00, de la Unión Europea (Call H2020-sc1-BHC-2018-2020, Grant agreement 825546, Diabfrail-Latam), y del Ministerio de Economía y Competitividad, mediante el Instituto de Salud Carlos III (CIBERFES, CB16/10/00239), todos ellos cofinanciados con Fondos FEDER y la Fundación Séneca (19899/GERM/15).
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