Los votantes son proclives a perdonar la corrupción si consideran que es un mal menor en comparación con otros atributos del político corrupto.

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Si le preguntasen a los economistas qué factores son necesarios para que crezca un país (o una comunidad autónoma, una región o un municipio), a buen seguro la mayoría destacaría la calidad de las instituciones. Disponer de unas “reglas de juego” claras, que varíen poco a lo largo del tiempo y, principalmente, que todos cumplamos, es el paso principal para permitir el crecimiento económico.

Pero la calidad de las instituciones no “florece” por sí misma. No solo necesita de una buena legislación, sino también debe ser capaz de evitar la peor de las enfermedades posibles: la corrupción.

Su capacidad para amenazar y debilitar el sistema es indudable. En un mundo corrupto, los agentes que viven u operan con él (ciudadanía, empresas, otros países con los que se relaciona, etc…) dejan de creer en las instituciones y, por tanto, se abre la puerta a situaciones que se han demostrado nocivas a lo largo de la historia: chantajes, prevaricaciones, mercados negros.

Por tanto, minimizar los problemas derivados de la corrupción supone siempre la obtención de mejores resultados para el conjunto de la sociedad, desde cualquier perspectiva.

Pero ¿por qué existe la corrupción (política)?

Que exista corrupción y, sobre todo, la relacionada con la política, depende de muchos factores. Destacamos tres:

  1. La educación: este mal se puede prevenir desde los primeros años de vida por medio de la educación. De hecho, los países con mejor calidad del sistema educativo son también los que menores niveles de corrupción presentan.
  2. La transparencia: quienes gobiernan deben rendir cuentas. Siempre. Esto no solo garantiza que se comportarán correctamente, sino que aumentará la confianza que los ciudadanos tienen en los gobernantes.
  3. Las sanciones: la corrupción no puede quedar impune, ni ante la justicia ni ante la sociedad. Para lo primero, el sistema judicial debe ser capaz de identificar y sancionar adecuadamente estos comportamientos. Para lo segundo, esperen un poco más adelante.

¿Existe corrupción política (en España)?

Sí. En España y en cualquier parte del mundo. En mayor o menor medida, la existencia de la corrupción es prácticamente inherente al ser humano. Los casos de corrupción por países son usuales y también incide sobre nuevos casos la difusión que hayan tenido en los medios de comunicación.

Pero no nos vayamos muy lejos: en España, en las dos últimas décadas, se ha asistido a un aumento considerable de casos de corrupción política. Si bien no hay bases de datos recientes que recojan toda esta información sistemáticamente, algunos artículos científicos muestran esa expansión, principalmente relacionada con el desarrollo urbanístico local o el turismo. Estas actividades ilícitas generan costes económicos y una merma de la calidad institucional para la sociedad.

Si los votantes castigan la corrupción, ¿fin del problema?

El mecanismo para solucionar el problema es, evidentemente, ese: castigar la corrupción en las urnas. Pero para el caso español, los resultados le sorprenderán (o quizás no). Varios autores han analizado, con información de elecciones a nivel municipal, qué cuota de votos ha obtenido el partido que previamente ha cometido un acto de corrupción política en su municipio.

La conclusión es que la pérdida de votos es reducida, muchas veces condicionada por la difusión que se hubiese dado a esos casos en los medios de comunicación (cuanta mayor difusión, mayor es el castigo) y, lo que puede ser más preocupante, en función de quién la hubiese cometido.

De hecho, para el periodo 1999-2011 hemos estimado que mientras los votantes del PSOE castigaron a su partido por sus casos de corrupción reduciendo los votos alrededor de 2 puntos porcentuales, los votos del PP no solo no disminuyeron ante casos de corrupción, sino que aumentaron entre 2 y 4 puntos porcentuales.

Este resultado de debilidad en el castigo, aunque no se ha evaluado a nivel municipal en otros países, se alcanza a nivel nacional para Estados UnidosItalia o México, por nombrar algunos casos.

Y, si hay corrupción, ¿por qué no la castigamos?

Sobre esto, los trabajos académicos nos dan varias razones. En primer lugar, por falta de información de los votantes que desconocen la realidad de la corrupción y, en consecuencia, no les afecta a su decisión de voto. Otro motivo es el propio sesgo político del votante, que le lleva a juzgar de manera diferente casos de corrupción en función de qué partido los haya cometido.

Además, los votantes son proclives a perdonar la corrupción si consideran que es un mal menor en comparación con otros atributos del político corrupto, como puede ser su capacidad de gestión. Esto se resume en el famoso aforismo latinoamericano de “roba, pero hace” (rouba, mas faz).

Finalmente, se encuentra el intercambio explícito, por medio del cual el político corrupto utilizaría parte de los fondos que maneja para construir una red de “conocidos” a los que otorga beneficios, consiguiendo así ser reelegido.

En resumen, si queremos reducir la corrupción hacen falta tres elementos cruciales: más educación, más transparencia y más difusión mediática de los escándalos.

Recuerden: Buena parte de la solución está en nuestras manos.

Juan Luis Jiménez González. Profesor Titular. Departamento de Análisis Económico Aplicado, Universidad De Las Palmas de Gran Canaria

Carmen García Galindo. Profesora a Tiempo Parcial, Universidad De Las Palmas de Gran Canaria

The Conversation

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